Situación límite

Perdone la insistencia el paciente lector, pero es que la situación del narco en la costa gaditana sobrepasa ya el límite de lo tolerable. En la tertulia de Carlos Herrera, el responsable de la Asociación Unificada de Guardias Civiles, nos traza, con serena energía, el cuadro solanesco que allí se vive. Habla sin circunloquios y por derecho de la presencia progresiva de las mafias, del establecimiento de “cárteles” en la comarca o de la acción de sicarios pagados con el dinero del crimen, frente a unas fuerzas del orden débiles, desprotegidas y escasas. Y reclama al Gobierno, con toda la razón del mundo, la declaración de Zona de Especial Conflictividad, es decir, le dice sin tapujos que deje de mirar para otro lado. Todo es urgente ahora en Cádiz. Esperar a que se pudran los problemas constituiría una auténtica dejación de funciones.

El tejemaneje

Lo de la Junta y los funcionarios merecería un estudio aparte. Sin salir del fin de semana, ahí tienen, por un lado, la denuncia de la propia Cámara de Cuentas sobre las irregularidades, según ella patentes, perpetradas por la fundación Andalucía Emprende en la contratación de su personal; y por otro, la alerta sindical que avisa de que la Junta encarga los cometidos más delicados al “personal amigo” –¡pues vaya novedad!– procedente de la Faffe, una fundación legalmente cerrada hace lo menos siete años. Pero no se preocupen porque no pasará de las denuncias, dado que es en ese tejemaneje donde el “régimen” afirma sus raíces. Tanto, que la primera mencionada se gasta la casi totalidad de su presupuesto en pagar los sueldos a sus legionarios. Como Juan Palomo, ya saben: “yo me lo guiso y yo me lo como”.

Dudas vulgares

Media España ha comentado ya, “sine ira” o con ella, la tragicomedia de la disolución de ETA. En esos comentarios hemos podido comprobar una masiva confluencia de criterios pues, salvo excepciones contumaces, en la inmensa mayoría de ellos crepita de fondo el horror y la tristeza, además de emotiva sombra de frustración. Mejor que haya acuerdo en lo fundamental: en que esto no ha sido una guerra sino un episodio sangriento de bandolerismo, en que esa montaña de víctimas no ha sido sino un sacrificio inútil, en que, lejos de abrirse ahora una amnistía, lo que reclama el pueblo es la severa aplicación de la Ley y el consiguiente castigo, implacable, sobre los delincuentes. Digamos que, al margen de unos miles de fanáticos, ETA ha logrado poner de acuerdo –¡con lo difícil que ello ha resultado siempre entre nosotros!—a la gran mayoría de los españoles, incluidos los vascos.

Ahora bien, yo tengo sobre el particular, y bien que lo lamento, algunas dudas vulgares. Y sobre todas ellas, una: la que expresa la pregunta “de qué van a vivir ahora esos bandidos”, acostumbrados a una existencia pseudoépica en una clandestinidad subvencionada que siempre ha de resultar más atractiva para el delincuente que un trabajo regular en el Supermercado o en la Caja de Ahorros de su pueblo, sujeto al imperio del despertador y a la monotonía del horario laboral, aparte de la ilusoria gratificación que, mal que bien, supone para el acérrimo devoto, la aventura justiciera. ¿De qué van a comer ahora, insisto, quién pagará sus techos cuando, al menos teóricamente, la caja de la banda habrá quedado vacía? ¿Quién sostendrá en adelante a asesinos como Ternera o a De Juana Chaos, acaso meterán en alguna nómina aberchale a ese vividor perpetuo que es el secuestrador Otegui o a un criminal como “Paquito”? Pues no sería la primera vez, por supuesto, porque está claro que el pienso escaseará en adelante en el viejo pesebre.

Bueno, es verdad que se podría buscar alguna fórmula para mantener, incluso de por vida, a los forajidos, que al fin y al cabo, ya don Fernando VII hizo jefe de policía a José María el Tempranillo, de modo parecido a cómo nuestros sucesivos Gobiernos han “tolerado” la escandalosa libertad (y quién sabe si algo más) de Josu Ternera, ese indio Jerónimo de pacotilla que se pasea hace decenios por Europa ante la ceguera voluntaria de la autoridad. Nuestra lógica no es la del Poder, por supuesto, ni mirando a ETA ni contemplando el GAL. Pero ¿y la pasta, de dónde saldrá en adelante la pasta para pagar a esos trabucaires de profesión? Ya ven que las mías no son más que dudas vulgares. Aunque me temo que no muy diferentes de las de ustedes. ¿O sí?

¡Lo que hay que oír!

Gran debate parlamentario el de antier sobre nuestra situación política. El Poder prometiéndolo todo de cara a las elecciones –hospitales por doquier, mejoras sanitarias decisivas en educación, cultura y política familiar…– y la oposición, como siempre, golpeando el hierro en frío: desde el PP, un presidenciable bramando contra el uso de las “tarjetas black” (¡) y prometiendo crear 600.000 empleos al año pero sin explicar cómo; desde Ciudadanos, el “socio para todo”, arañando sin lastimar a una Presidenta a la que acusa, sin embargo, de haber sido nada menos que “un muro a las aspiraciones de los andaluces”; y desde “la izquierda a la izquierda”, coreando la Varsovianka a dos voces, como es habitual. No hay comedia más previsible ni cambalache más rentable. Nadie trabaja tan eficazmente para el jacobinismo como las autonomías.

En el telediario

Otra vez nos exhiben en el telediario, expuestos en esa picota nacional a la contemplación de propios y extraños. Las imágenes no tienen desperdicio: el famoso asalto a un hospital gaditano a cargo de una violenta banda de narcos para rescatar a uno de los suyos, ilocalizado todavía hoy. Cuesta creer que se haya alcanzado semejante punto de anomia pero, sobre todo, urge tranquilizar a la población con medidas que evidencien la determinación del Estado a no consentir que cuaje esa “nueva Colombia” que supondría su fracaso absoluto. Mano dura e inversiones, política y policía, no queda otra, si se quiere evitar que en nuestra empobrecida Andalucía fragüe un nuevo Caribe. Tras casi medio siglo de democracia, nos merecíamos salir mejor tratados en el telediario.

Un profesional

Hay sujetos que han visto evolucionar su presunto “idealismo” hasta hacer de la política una cómoda y pingüe profesión. Como el veterano agitador Diego Cañamero –decenas de sanciones judiciales en sus anchas espaldas, asaltos a supermercados, ocupación de fincas y otras proezas— a quien en Jaén deberían pensárselo antes de volver a votarlo diputado en las listas de Podemos. Tras el mamarracho de ofrecerse para ir a prisión en lugar de los golpistas catalanes, por la Red corre ahora un vídeo en el que reclama el apoyo a esos presos de ETA que tantos andaluces mataron. Encumbrado en la política, no recuerda ya cuando se decía aquello de que ETA ponía los verdugos y Andalucía los muertos, en su mayoría pobres o modestos trabajadores públicos. Normal: es un profesional y va a lo suyo, aunque él dirá, probablemente, que no es el único. Y en eso lleva razón.