Buda en la Junta

Con tal de ganarle por la mano al Tribunal Constitucional y pasar por encima de sus sentencias, la Junta de doña Susana no ha dudado en meter en su plantilla al mismísimo Buda, cuyas meditaciones transcendentales permitirán a sus funcionarios, de ahora en adelante, escaquearse al menos treinta horas en su horario laboral. Quizá nunca en la autonomía se había ido tan lejos en materia de deslealtad institucional y, desde luego, no puede decirse que esa autonomía salga reforzada tras esta cómica burla al Alto Tribunal encargado de garantizar la integridad de nuestro régimen democrático. ¡Mala hazaña en estos momentos cruciales de nuestra convivencia política! Y flaco servicio el que, con este nuevo disparate, le va a hacer la leal Andalucía a esta España amenazada.

Tocando fondo

Da grima contemplar la degradación progresiva de ese mascarón de proa del radicalismo que ya va siendo al SAT. Un día es la imagen del alcalde perpetuo Gordillo haciendo el ridículo en el avispero catalán; otro el espectáculo novecentista de Cañamero luciéndose en el Congreso o asaltando un supermercado; y un tercero, en fin, el del camarada Reina, proclamando en Twitter la República andaluza para proponer que, “con todo respeto a las prostitutas”, Andalucía “deje de ser la puta de Europa”. Lo que comenzó mereciendo respeto, parece buscar su eternización reconvertido en la barraca más grosera de la feria. Y es que la realidad se le ha adelantado siete pueblos mientras él no logró nunca salir de su rancio fotograma. Se comprende que no debe de ser fácil para esos furiosos republicanos vivir de la nómina de una monarquía democrática.

Andalucía varada

No despega Andalucía, no hay manera de que crezca y reduzca distancias con el resto de una España en cuya cola estadística figura por sistema. Ni siquiera con un crecimiento considerable –un 3’1 por ciento– nuestro PIB logra acercarse a las demás Españas, de cuyas rentas permanece distante cuando no se aleja aún más. Y eso, tras tantos decenios de “régimen”, no quiere decir otra cosa sino que su sistema político no funciona. ¿Por qué un ciudadano andaluz ha de tener una renta muy por debajo de la media nacional? ¿Cómo explicar que otros españoles prosperen mientras nosotros permanecemos inmóviles como el don Tancredo o admitir diferencias tan enormes, e irreductibles al parecer, como las que nos separan de las regiones afortunadas? Ya no cabe margen para la retórica: los profesionales que nos gobiernan no deben seguir confundiendo su chollo con la penuria general.

Un jueves negro

El drama, casi tragedia, ocurrido el jueves en Cataluña requiere para ser comprendido de alguna reflexión sobre sus antecedentes. Sobre el hecho estupendo de que, tras tantos años de protestas, sigamos con una ley Electoral visiblemente injusta si no tramposa, que engorda a las cabezas de ratón en perjuicio de la cola del león, de manera que es posible –a la vista está— que con menos votos un partido obtenga más escaños y los menos acaben ganando a los más. O también sobre el fracaso de los dos grandes partidos nacionales, el PP y el PSOE, que han vendido –el uno y el otro—sus lealtades electorales por un plato de “mongetes con butifarra” cada vez que no les cuadraban las cuentas electorales. ¿Qué habría sido de Cataluña y de España, en efecto, si González, con tal de mantenerse en el Poder, llega a meter en la cárcel –propósito que llegó a anunciar públicamente un delegado del Gobierno en Andalucía— cuando se destapó el “caso” de Banca Catalana en lugar de pactar sus paces tramposas con él? ¿Y si Aznar no llega a plegarse, con idéntico propósito, ante el ex-Honorable y ya presunto delincuente, en el mísero “pacto del Majestic” que, incluía el sacrificio cruento de Alexis Vidal-Quadras, el político de mayor fuste de la Derecha regional? Cierto que nada comparable al temerario compromiso de ZP cuando –para pagar a Maragall el apoyo que le prestó en su elección—volcó el inestable puchero catalán abriendo de par en par las puertas del separatismo, pero ya ven que ni uno se salva de esta previsible quema.

Era ingenua la creencia en que unas elecciones podrían suturar la profunda quiebra social provocada por la secesión. No lo es temer que el desastre histórico que vivimos precisará de un par de generaciones, en el mejor de los casos, para recomponer el maltratado mapa. Porque ¿qué hacer ahora teniendo en cuenta que los principales electos son presuntos sediciosos y/o rebeldes, cómo restablecer la normalidad con un plantel de dirigentes a los que, por sus delitos, amenazan tan graves penas de cárcel? Habrá que ver en qué queda el soponcio inicial de la Bolsa y el euro, pero no cabe dudar de que acabamos de entrar en un periodo en el que el crac empresarial catalán podría tocar fondo. ¿O tal vez será ese riesgo cierto — la ruina– el único factor capaz de meter en razón a esos “indepes” descerebrados?

De momento hay menos catalanes insurgentes que españolistas (cuenten los votos), pero eso puede cambiar, mientras España asiste impotente a la crisis definitiva del viejo bipartidismo que, con su miopía egoísta, ha logrado hacer un pan como unas tortas. Ya ven que, después de todo, no era tan difícil como creía Bismarck arruinar una historia milenaria. Lo ha conseguido, por cierto, la más lamentable cohorte de oportunistas fanáticos de que haya memoria.

Trinque parlamentario

De nuevo el trinque, que sus Señorías tienen anchas espaldas para la crítica incluso cuando ésta resulta aplastante. Ahí las tienen, trincando sueldo y complementos –¡hasta las dietas inexplicables!— durante el casi mes y medio que permanecerán en reposo y con la puerta del Parlamento atrancada. En eso sí, en eso de trincar siempre habrá acuerdo unánime por parte de nuestros irreconciliables representantes políticos que ahora cobrarán sin dar palo al agua hasta que llegue febrero. ¿Qué pensará el resto de nuestros trabajadores contemplando este ejercicio de cinismo? Pues que piense lo que quiera, porque esto es lo que hay. Hay cosas en esta descarada y abusiva vida política que no son sólo una vergüenza sino un escándalo. En una Andalucía en la que uno de cada tres ciudadanos no tiene siquiera lo suficiente para vivir, este cuento no deja de ser explosivo.

La sombra catalana

Hoy se juega en Cataluña, para qué engañarnos, no sólo su futuro sino el nuestro, y las perspectivas no dejan de ser inquietantes. Por eso merece respeto el mensaje de la presidenta Díaz animando a votar masivamente a los partidos constitucionalistas frente a la locura de la secesión. Chaves dijo que “lo que es bueno para Cataluña, es bueno para Andalucía”, pero es más cierto al revés: que lo que es malo para aquella España lo es también para ésta. Está bien que se abandone de una vez por todas la política connivente propiciada por el electoralismo y mejor todavía que se muestre de entrada –como en este caso— una imparcialidad que es puro sentido común. Quien no se haya percatado de que lo que anda en juego es el Estado de las Autonomías no sabe de qué va la película.