Tragedia infantil

Cada día una nueva imagen –y el lector disculpe la insistencia—de la tragedia (mejor que el drama) que se vive en el Estrecho y en nuestras costas. Antier nuestros servicios de salvamento tenían que rescatar a dos polizones que viajaban aferrados al envés de la rampa de acceso de una embarcación, pero la semana pasada fueron cinco menores que se jugaban la vida en alta mar sobre un flotador los que hubieron der ser salvados en última instancia. Los planes de las mafias y su efecto multiplicador constituyen un desafío al que malamente –al menos hasta ahora— responden España y Europa, no hay duda de que en connivencia con quien podría evitar, desde la costa africana, este tráfico miserable. Lo de los “balseros” cubanos resulta ya una broma comparado con el espectáculo que estamos consintiendo aquí.

La famosa prioridad

Desde la investidura de Griñán, al menos, viene pregonándose que, en Andalucía, la enseñanza no es un propósito sino una prioridad. Quiérese decir que los dineros públicos deberían ir antes que a nada a esas aulas que, según los más prestigiosos informes internacionales, ahora abarrota –por lo general sin aire acondicionado— la “peña” más atrasada de Europa. Y sin embargo, fíjense que curiosidad, en los últimos siete años el presupuesto dedicado por la Junta a Educación no sólo no ha crecido sino que ha menguado: desde el 21’75 del Presupuesto al 21’09. No me dirán que el hecho no es cosa rara. Aunque también es verdad que considerando el nivel académico de muchos de nuestros barandas –¡y no me hagan decir nombres!–, esa desatención se explica divinamente.

Juan Palomo

Se ha repetido en incontables ocasiones: los miembros del Parlamento son los único trabajadores que establecen –¡y por unanimidad, no falla!—sus condiciones de trabajo y, lo que importa más, sus ingresos. Considerando los “curricula” de sus Señorías, hasta hay quien dice –y no seré yo— que a ese costo, andamos pagando una Cámara mediocre como si fuera buena… Pero, oigan, números cantan. Porque ¿de verdad podemos entender que por el trabajo que hacen esos biempagados tengamos que apoquinarles ¡13 millones de euros! (es decir más 2.600 millones de las añoradas pesetas), de los que la parte sustancial va a parar, sin mayores justificaciones, a sus afortunados y gastosos partidos? Ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Los “recortes” –¡huy, perdón, los “ajustes”— se reservan aquí en exclusiva para los indefensos contribuyentes.

Pompas de jabón

Como pompas de jabón se ha ido desinflando – los ERE, el saqueo de los fondos de Formación, los amistosos “pelotazos”…– el escandaloso globo de la corrupción andaluza. Una a una han ido estallando hasta quedar reducido éste, como presumía la Junta investigada, a un simple “bluff”, lo que permitirá a la plana mayor del “régimen” afrontar sus inminentes juicios sin necesidad de ansiolíticos. Nunca sabremos ya, pues, si la juez Alaya infló ese perro o el toque está en que la juez sustituta Núñez lo haya pinchado en exceso, pero la realidad es que –como ayer decía aquí mismo Antonio R. Vega—“alentado por el propio hastío de la sociedad andaluza, que ya había interiorizado el fraude como un mal rutinario”, la Junta ha recuperado la tranquilidad perdida durante dos años y medio. Nadie escupe hacia arriba. La Justicia tampoco, claro.

El “déjà vu” catalán

Cerramos este raro otoño con el espectáculo grotesco del pinchazo del globo separatista. Ya veremos si el tiempo no fuerza a los impacientes a reconocer algún mérito a la templanza de Rajoy. Por mi parte, repaso entre mis libros la palabra de los primeros próceres, Milà y Fontanals, Bofarull, Víctor Balaguer, Almirall, Rubió y Ors, Aribau…, los soñadores de los “Jocs florals”, los padres de la Renaixença… y los políticos de “acá” (Maura, Canalejas, Moret, Dato) frente a los de “allá” (Cambó, Lerroux, la Lliga y la Asamblea Catalana), para concluir que nada hay nuevo en el zafarrancho actual: todo este conflicto no es más que un “déjà vu”. Escúchenlos.

“El catalanismo tuvo en su origen las míticas bellezas de una religión”, pero sus manijeros lo profanaron hasta arrastrarlo al “prostíbulo de la política” –dice uno–, que “en sus desvaríos, describieron una Cataluña adaptada a sus conveniencias”. El sueño regeneracionista, tan legítimo, no pudo con los trajines políticos cuyos buhoneros, por supuesto, ya entonces miraban a Madrid con recelo, viendo en el gobierno central “un instrumento de dominación oligárquica”. Se pedía la división del Estado “en grandes regiones naturales e históricas” a las que habría que concederles una “amplia descentralización” –cierto que no sin que apuntara el supremacismo: “Cataluña tiene más fuerza que todas ellas”, sostuvo una Asamblea— y la entrega de las competencias básicas a los organismos regionales “representativos de su personalidad”. Adolfo Suárez inventó poco, como ven.

Sólo el talento de un sabio Pi y Margall, impediría a un radical como Almirall, en la I República, proclamar por las bravas el “Estado Catalán”. Como diría más tarde Joaquín Samaruc, “la literatura catalana, al descender del territorio de las Musas, se convirtió en política catalana”. Pero la autonomía no bastaba tampoco entonces. Leo en “La Mancomunitat de Catalunya” (1922): “los hijos de Catalunya consideran (a la autonomía) sólo un primer paso hacia la autonomía integral”. Poco han cambiado las cosas, ya lo ven, desde el desastre del 98 al que hoy nos aflige. Los idealistas precursores no contaban con esa inevitable degradación y pensaban incluso que acaso “el pueblo nunca ha sentido el catalanismo” y que “el sentimiento primario de catalanidad fue profanado por el impúdico catalanismo político”. Imagínenlos contemplando a estos furiosos jugar, como Sansón, a destruir el templo o ante el espectáculo de las ratas abandonando el barco, es más que posible que con su botín a buen seguro en algún paraíso fiscal.

¿Mal incurable?

Esta vez la matraca de la corrupción resuena por el lado del PSOE y sus aliados radicales y antisistema. Todo es presunto, claro está, pero ahí está otra vez el clamor de una ciudadanía que no puede entender –¡o que acaso empieza a asumir resignada! —la incapacidad de los partidos políticos a la hora de cortar por lo sano esa delincuencia al parecer crónica. Se trata, una vez más, del tejemaneje de los “enchufes”, del festín ofrecido a los “clientes” por quienes ostentan –¿o detentan?—un poder que hace lo que sea con tal de mantenerse. Hoy en Huelva como antes en tantos lugares, desde la Derecha o desde la Izquierda, incluso entre los Savonarlas recién llegados para salvarnos de los viejos males. Nada será peor para la democracia que prospere esa idea de la inevitabilidad de la corrupción.