Negocio infame

Ayer fue la última vez que los servicios de rescate españoles salvaron de la muerte a las víctimas de la “trata de negros”: en tres operaciones, en efecto, fueron rescatadas 139 personas, incluyendo mujeres y niños como viene siendo de costumbre. ¿Hasta cuándo nos limitaremos a recoger en el último momento lo que nos envían las mafias, por qué no interponer nuestra Armada para impedir “manu militari” ese infame negocio que –no pueden caber dudas– es consentido por los países de origen? Ni la multitud de ahogados en el Mediterráneo resulta suficiente para que España y, por supuesto, Europa, afronten de una vez el tremendo e inevitable problema de la migración masiva de esas poblaciones indefensas. Es nuestro gran crimen del nuevo siglo.

Regular la huelga

Mi libertad acaba donde empieza la tuya, dijo Rousseau, aunque casi nadie se acuerde ya. Las huelgas de este verano –el “secuestro” de pasajeros en el aeropuerto, las basuras amontonadas en el pueblo turístico, el conflicto de los taxis en feria—recuerdan hasta qué punto es urgente regular el derecho de huelga haciéndolo compatible con la normalidad de la vida ciudadana. En cuanto a la pelea de los taxis que hoy padece Málaga como ayer Sevilla, y con independencia de sus complejas circunstancias, está claro que una intervención reguladora por parte del Poder no puede esperar más. No se puede convertir al ciudadano en rehén de los huelguistas por razonables que sean sus demandas. Y es el Estado quien debe garantizar ese derecho que estamos viendo vulnerado cada dos por tres.

Para reprobarlos

Ahora que tan de moda andan las reprobaciones políticas no estaría de más aplicarles la vara a todos los partidos por igual. Al PSOE de doña Susana, mismamente, si pasa indiferente o en silencio ante el espectáculo de su director general de Urbanismo exhibiéndose como “primer cliente” de un chiringuito playero denunciado por los vecinos y hasta por la propia Guardia Civil (Seprona), un gesto cuando menos comprometedor para la propia Junta que ha de resolver los recursos pendientes. O a Podemos, por ese concejal rondeño que –“irónicamente”, según él—habla en las llamadas redes sociales de no participar en más comicios aparte de “poner bombas a la policía”. En este último caso, más que una respuesta política, lo suyo sería que interviniera el fiscal. Hemos padecido mucho “manta” en nuestra política, pero nunca tanto insensato como ahora.

La sociología en el exilio

Es curioso que las nuevas generaciones de sociólogos hayan construido su disciplina sobre la tabla rasa del olvido. No me refiero sólo a la ignorancia de la obra pionera del catedrático sevillano Sales y Ferré o al ninguneo a que se ha sometido la de don Adolfo Posada –sería curioso averiguar cuántos profesionales del ramo han leído a estos autores–, sino al hecho de que la sociología que va apareciendo a mediados de la Dictadura (con la aportación de Salustiano del Campo, Enrique Martín, Carlos Moya, José Cazorla, José María Maravall, Amando de Miguel y demás) estudia en EEUU o en Alemania y también en Francia o Inglaterra con los grandes maestros contemporáneos, por completo al margen de la obra fraguada en el exilio por estudiosos como Francisco Ayala, Recasens Siches o Eugenio Imaz, aquella generación perdida compuesta por los que el maestro Gómez Arboleya calificó de “sociólogos sin sociedad”.

Cuando Medina Echevarría nos visitó en el departamento de CC.PP. y Sociología de la Complutense, pudimos constatar con no poco desconcierto que ni uno de nosotros conocía las importantes obras de quien había contribuido decisivamente al prestigio del Colegio de México o había impreso su huella inconfundible a la espléndida Revista Mexicana de Sociología, una de las fuentes más ricas de que pudimos disponer luego las cohortes sucesoras. Medina había abierto el español a pensadores como Mannheim, Max Weber o Simmel pero, ciertamente, sólo para la perspectiva mexicana, pues aquí esta adquisición fue más bien tardía, pero su obra fue también un ejercicio amplísimo de análisis y de esfuerzo teórico, derivados, sin duda, de su experiencia en Marburgo pero continuada luego durante años.

Es curioso repasar el expediente de depuración que se le formó al exilarse, en el que se le consideraba pensador de “ideas extremistas disimuladas”, eso sí, durante su docencia como catedrático en la Universidad de Murcia, y se le calificaba como “protegido del Frente Popular”. Aquel trueno no era tal, como pudimos comprobar en su amable y discreto trato, sino el sabio incansable sin cuyo concurso la nueva cultura española –la de los años 60 y 70—no habría dispuesto del acervo teórico fundamental que editó el Fondo de Cultura Económica (FCE). Sólo por eso ya resultaría impropio considerarlo, como se ha venido haciendo, un sociólogo mexicano y no un miembro fantasma de la protosociología española. El exilio produjo estos espejismos y la mentalidad del periodo dictatorial hizo el resto. Recuerdo aquella tarde de su visita y la contenida tristeza que no pudo ocultar al comprobar como nuestra ignorancia de su obra prolongaba nuestra clásica y lamentable desmemoria.

Pintar como querer

Los mandamases de la Unión Europea han llegado a la conclusión de que la crisis económica que nos aflige ha finiquitado. Ojalá. ¿Puede darse por concluida la crisis mientras crece el número de pobres –ya en niveles intolerables—aunque aumente el de millonarios, mientras millones de europeos viven de sus “mini jobs”, esos contratos ocasionales con sueldos miserables, por más que las cifras macro describan un panorama propicio? ¿Quiere decir la UE que la vida es de nuevo como era antes de la gran estafa que ha sido la crisis, que el trabajo se paga igual, que las pensiones no están ya amenazadas, que las deudas nacionales han dejado de ser catastróficas o que los comedores solidarios pueden ir cerrando sus puertas? No fue buena la tardanza en admitir esta plaga. No lo será tampoco darla por erradicada antes de tiempo.

Vivir del turismo

Basta con echar una mirada a la EPA para entender que el crecimiento español actual se debe, ante todo, al éxito turístico. ¿Tiene sentido gravar con una tasa a nuestros visitantes siendo así? No lo parece, por más que se argumente que, bien administrada, su recaudación podría favorecer y mucho a la propia actividad turística al mejorar el patrimonio y los servicios. Depender del turismo, que es sector tan sensible, no cabe duda de que es arriesgado, pero ya me dirán qué hacer mientras se dependa tan radicalmente de su renta. Vivir del turismo no es lo ideal, pero vivir sin él, aquí y ahora, no es imaginable más que desde una equivocada avaricia o desde la barbarie ideológica. Los fundamentalistas de la turismofobia están jugando con fuego en casa ajena.