Me figuro que como a la mayoría de ustedes, a mí me gustó la serie “Fariña”. ¡Aquel horizonte delictivo, la crónica viva de la provincia y el espejo de unas primeras connivencias de la mafia con las altas esferas políticas! Me encantó especialmente el personaje del sargento del pueblo enfrentado, con un par, a la poderosa canalla traficante protegida por el poder politico, la elegía de su soledad cuartelera y el romance de su inflexible tenacidad, perfilándose sobre el amargo fondo triste de una generación perdida en el laberinto de la droga. ¿Se acuerdan, quizá? Tantos años después nos asalta este verano la misma pesadilla, idéntica trama delincuente e incluso la misma galería de rostros exhibiendo idéntico cinismo, imperturbables y encastillados en su contumacia. ¿Será que no tienen remedio estas garduñas que se pasan por el arco el ilusorio imperio de la Ley y, como el ave Fénix, renacen siempre de sus propias cenizas, o acaso se tratará del paladino fracaso de este combatido orden estatal?

Uno de los personajes de aquella serie –el protagonista nada menos– saltaba hace poco a la actualidad, al ser sorprendido “in fraganti” trajinando (presuntamente, faltaría más) en las mismas canalladas, y ahora es el “capo” más emblemático de la antigua garduña el que vuelve a la actualidad octogenario y jactancioso. De poco han servido los esfuerzos policiales y las penas aplicadas años atrás a los criminales, al parecer empeñados, en apariencia al menos, en certificar la convicción popular de que nunca será posible la recuperación social de esas excrecencias podridas por la lógica del hampa. Aunque aseguran que lo único distnto de las antiguas tropelías es el hecho de que las actuales, cada día más favorecidas por el progreso de las tecnologías, resultan exponencialmente más graves. Pingüe debe de ser el negocio cuando la frecuente pérdida de alijos valorados en sumas de vértigo, no inquietan demasiado, al parecer, a los bandidos.

Permanecen en el paisaje las mismas olas cercando las mismas playas mientras, embozados en el matorral, vigilan acaso nuevos sargentos abnegados, la vista perdida en la línea de sombra, allá donde al azul desmaya hasta borrarse como si el tiempo no hubiera pasado aunque los desaparecidos sean muchos. Hay luchas que son eternas, no porque las sostenga la Madre Naturaleza sino por mérito de una flaqueza humana mucho más fuerte –a la vista está– que el dudoso rigor de las justicias, peleas crónicas nutridas por la ambición del hombre que luce indeleble la marca de Caín. Lo estamos comprobando este verano tibio, espectadores del increíble serial interpretado por los malevos, lo mismo en alta mar, donde acechan las vigilancias, que en la costa en la que, entre divertidos y perplejos, interrumpiendo un momento su partida de bagmington, los bañistas fotografían los alevosos desembarcos de náufragos o fardos. Las brisa acaricia los cuerpos y la marea va y viene incansable como empeñada en su papel de figurante en esa desconcertante tragedia que, al parecer, no tiene fin.

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