Existe una relación difícilmente creíble de  obras de arte  robadas en por las mafias de ese ramo. Hace pocos  la policía serbia ha trincado a unos mangantes que se había llevado hace años dos Picasso de un museo belga, y la griega de descubierto el robo de un Rubens perpetrado, hace una década, en una galería belga. Eso sí, no siempre sale bien el mangazo, como lo prueba el fracaso de los cacos que se han visto en la precisión de devolver el famoso retrato de “Olimpia” que Magritte hizo de su señora en todo su esplendor, desnuda y con un caracola sobre el vientre, una vez comprobado que resultaba prácticamente imposible colocarlo en el mercado negro. Es fama que nuestros Austrias y Borbones conservaban escondidos en sus recámaras desnudos considerados impúdicos, pero ciertos indicios sugieren que cada vez resulta menos hacedero eso de esconder cuadros secretos y disfrutarlos en solitario desde esa suerte de onanismo estético que parece que añade un “surplus” de placer al poseedor exclusivo. Famosa es la historia del robo de la Gioconda de principios de siglos, pero no menos el derrotero seguido por el famoso “Origen del mundo” de Courbet, y bien mediáticos han sido en los últimos tiempos, entre otros, el de los 17 cuadros que atesoraba Esther Koplovitz en su domicilio madrileño, el asalto a las viviendas de Marina Picasso en el que desaparecieron cuatro obras de su abuelo, ocho de Matisse y una de Rodin, por no hablar del que en Boston logró un  extraordinario botín que incluía, entre otras maravillas, algunas debidas a Rembrant, Degas, Manet o Vermeer. Se está poniendo difícil colocarle el botín a los peristas desde que los polis se han aficionado al arte y siguen como sabuesos la pista de las obras robadas. Los ricos tendrán que conformarse con ponerse a la cola del museo si quieren satisfacer tanto apetito estético.

Me dice en la tv el director del malagueño Museo Picasso que ya los museos no son lo que eran a finales del XIX, cuando las muchedumbres hambrientas de belleza invadían las salas  y las muestras, y yo le digo que no acabo de aceptar esa razón comprobado como tengo que no hay museo que se precie en el planeta que no cuente con su cola tempranera aparte de los avisados que llevan pase por Internet. No sé, el futuro del arte es dudoso aunque tengo para mí que esta epidemia turística que caracteriza al siglo XXI hará de nuestros museos, cada día más, una cita obligada. Eso sí, la estadística de visitantes cuenta poco a la hora de valorar una afición, que es función de la publicidad. Los ricos, sin saberlo, van a contribuir con sus caprichos a custodiar nuestro derecho común.

5 Comentarios

  1. Yo me alegro cuando a un milloneti le roban sus tesoros, palabra
    de honor. Siempre nmem ha indignado esa idea de que unos cuantos tengan en sus cámaras ocultos los tesoros del arte.

  2. No comprendo ese mercado nergo, ni cómo puede escamotaearse a la cuiriosisas general la existencia de tesoros ocultos en casa de los ricos. ¿La policía es tonta? No lo creo en absoluto, o sea que debe de haber algó que se me escapa. Porque yo sostengo que los robos a museos son por encargo la mayoría de las veces. ¿Soy malpensada?

  3. A mí no me importa que un millonario tenga en su casa magníficos cuadros siempre que los disfrute y que no los tenga por presumir o por esnobismo. Se me antoja que los museos son morgues donde estacionan obras de arte muertas y fuera de su función primera. A veces me entristece terriblemente la visión de esas maravillas echadas de pasto a hordas de chinos o de americanos que les pasan revista a marcha forzada. Hay una especie de indecencia, de prostitución de algo delicado y íntimo. No sé si me explico. Quizas sea algo rara.
    Un beso a todos.

  4. En eso de la morgue, doña Marthe coincide con un compatriota famoso, del que aquí se hizo mención hace bien poco, pero no comparto del todo su crítica a unas instituciones que en todo caso, están como están, porque el público en general no se interesa por el arte mientsras que el turista cree que tiene la obloigación de visitarlas. Algo de lo que dide la propia columna, algo así.

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