Recuerdo que durante una visita al refugio alpujarreño de Gerald Brenan alguien del séquito de Borbolla pretendió lucirse ante los circunstantes augurándole a aquel garañón bloomsburiano –en términos que sugería intensamente el profetismo que Garaudy copiaría luego de Malraux— que Andalucía “sería socialista o no sería”. Se ve que, ya en los primeros 80, había enraizado con fuerza en ciertas conciencias ese nocivo patrimonialismo que permitió verse como dueños del país a amplios sectores del PSOE, un soberbio error excluyente que ha durado hasta la víspera de su debacle, y que ya entonces provocó una severa mirada de Borbolla aparte de una respuesta del viejo maestro que recuerdo íntegra: “Huy, hijo, no estés tan seguro, nada hay más difícil que la profecía pero…”.

No hay gobierno que perdure, ya se sabe… El problema es que tras cada relevo partidista se yergue imperioso el afán de revancha al que suele acompañar la tentación de aplicar una “damnatio memoriae” que rara vez, por fortuna, consigue borrar por completo el resistente palimpsesto. Lo vamos a comprobar desde ahora, con la esperanza de que unos y otros, entrantes y salientes –sin perjuicio de los más que aconsejables arreglos y revisiones–, permitan que el nuevo Poder busque la regeneración antes que la vindicta, en tanto que la obligada Oposición sea capaz de asumir en sus justos términos el papel equilibrador que le atribuye el sistema.

¿Que será difícil? No lo duden, lo será, a pesar de que la circunstancia histórica reclame –como nos reclamara a la salida de la Dictadura— un ejercicio conjunto de fidelidad al principio democrático fundante que no es otro que la sumisión al interés común. Los que se van deben aceptar, junto a sus apreciables logros, sus graves fracasos, al tiempo que los que llegan errarían si negaran aquellos o no consideraran razonablemente sus propios riesgos. Entrar a saco en el gobierno sería tan lamentable por parte de los nuevos dirigentes como carecer de firmeza; dudar ante la necesidad de reformas urgentes o aplazarlas con titubeos no sería menos responsable que convertir la legítima oposición en un permanente trampantojo. Habrá que confiar en que, pasado el volturno de los exabruptos iniciales, tirios y troyanos se avengan reunidos en un proyecto pacífico. Andalucía está muy mal –ése debe ser el primer argumento— y el tiempo perdido aprieta pisando los talones de los nuevos gestores. Es posible que nadie en estas cuatro décadas lo haya tenido más difícil que estos recién llegados, es cierto, pero tampoco lo han tenido, seguramente, más sugestivo ni más cercano a la impaciencia colectiva. Ni los jóvenes que se lanzaron a la aventura incierta de la autonomía toparon con una exigencia moral y política tan señalada.

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