La concejala calañesa Cinta Castillo hace lo posible y lo imposible por hacerse notar. Debe de creerse que ella es, en efecto, la futura candidata, creencia que le puede salir por donde le salió a Trillo, el pobre, en esta ocasión, quién sabe, hasta puede que por doña Petro. Ahora bien, no todo es lícito en la vida pública ni el fin –por muy políticamente hiperlegitimada que se crea una criatura– justfica unos medios que o son más que ruido sin valor alguno. Interrumpir al orador durante su turno legítimo es algo que está al alcance, incluso de Castillo, la heterófoba que una vez se negó a subir a un estrado porque había un varón en él y cuya tesis sobre Frossini tan divertida resulta que bien podría ser glosada en su día como ya lo fuera la vista y no vista novela de su compañero Ceada. Mientras tanto, no parece mucho pedirle a quien tan alto apunta que respete el derecho de los demás a hablar. 

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