Una providencia judicial acaba de reiterar en los EEUU el mítico derecho de los ciudadanos a poseer armas de fuego, defendida con ardor por amplios sectores de una opinión que no renuncia a su actitud pionera y a la idea primitiva de la autodefensa heredada de aquella. La seducción de las armas y el equívico concepto de seguridad que ellas proporcionan prospera también en países europeos, como Francia, en los que cada día son más frecuentes las armas de guerra en manos de los particulares. Aquí en España mismo acaba de desmantelarse un enorme almacén de armas pesadas procedentes tanto de la Guerra Civil como de la Mundial, cuyo empleo por parte de la delincuencia común es cada día más frecuente. Durante los pasados ejercicios, nuestro comercio de armas, incluso con países en conflicto, ha crecido notablemente, convencidos como están nuestro pacíficos Gobiernos de que ese tráfico legal es también legítimo con independencia de las tragedias a que pueda dar lugar. Nunca sabremos, por lo demás, qué fue del arsenal soviético en manos de las mafias rusas ni cómo se liquidó, si es que liquidó, el temible armero sobrante de la tragedia yugoeslava, pero es obvio que si las armas proliferan por todo el planeta es porque hay quien las fabrica y las vende en régimen de mercado libre o negro. Una honda crisis de inseguridad comparte con el incremento de la delincuencia mayor este auge de las armas desde una equívoca sugestión protectora que está en función, sin duda posible, del fracaso del Estado como garante de la paz pública. Gadafi fue lo que fue con el arsenal que le vendió Francia como Arabia Saudí o Israel son lo que son gracias a ese comercio infame que todos condenan pero ninguno suprime, y que hasta hace poco ha incluido la fabricación y exportación de esas bombas antipersonales, la lucha contra las cuales preside aquí la Reina con modestos resultados. La selva subyace bajo el urbanismo y el predador se disfraza de civilizado con las bendiciones de las democracias.
En cierto modo, al aniquilar el principio democrático del monopolio de la violencia por parte del Estado, el hombre redescubre el bosque sagrado del que saltó a la sabana, ese territorio de la indefensión en el que le fue preciso afilar la piedra o la estaca para sobrevivir en competencia con la ferocidad cotidiana. Hace poco el propio Cameron viajó el África profunda acompañado de esos traficantes de cuello blanco y nadie se rasgó las vestiduras. La civilidad democrática puede con muchas cosas pero no con los grandes tráficos prohibidos. Es más, en cierto modo compite con ellos con todas las de ganar.

4 Comentarios

  1. No sabía yo que en Francia hubiera muchas més armas entre gente de paz. Aunque es verdad que hasta yo misma he pensado conseguir alguna, por si las moscas y luego me he acordado del accidente que le occurrió a Juan Carlos y he desistido.
    Entre los delincuentes siempre las ha habido.
    Besos a todos.

  2. ¿A qué se refiere don Joaquín? Cuente la historia entera y nos enraremos de su crptico mensaje. ¿Tal vez a algo relacionado con el alcalde del puticlub? Vamos, don Joaquín, anímese que esto es anónimo.
    (Después de esto ya no di´ré nada de las armas. La columna lo dice todo).

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