Los ecologistas han protestado por el perjuicio que, según ellos, provoca la tala masiva de abetos y otras coníferas a demanda del mercado navideño. La boga del árbol iluminado crece a compás de la desacralización del ambiente — sobre todo en los países tradicionales donde la vieja costumbre prima al “nacimiento” franciscano– como ónfalos estacional del hogar o de la ciudad, y lo más curioso es que abundan los laicistas que creen servir a su obra bregando en este pulso entre las dos representaciones. En nombre de la extravagancia incluso se ha divulgado este año no sé bien qué hallazgo “científico” que certificaría la existencia de Papá Noel en línea con el Santa Klaus, nuestro san Nicolás de Bari. No hará falta recordar que la sacralización del árbol es casi universal, pero respecto al que en Navidad nos impone la moda laicista habría mucho que decir, no sólo porque el cristianismo dispone de un arsenal de árboles sagrados que culmina en la propia Cruz, sino porque el germánico con que se echa a competir al “nacimiento” no es más que la reutilización de inveterados cultos paganos concebida, según la leyenda, por el propio Lutero una noche de vigilia en que, de regreso a Wittenberg, se entretuvo iluminando con velas su abeto doméstico, según recordó hace años Franco Cardini. Estaríamos arrumbando, pues, el “belén” de toda la vida para desacralizar el ambiente imponiendo… ¡el árbol protestante! que las dinastías germánicas introdujeron en Inglaterra donde hasta se ha dicho que constituye una exhibición de fidelidad monárquica. Abraham plantó árboles sin éxito durante casi toda su vida hasta que en Canaán logró uno exuberante que los simbólogos ven como profético de la Cruz. María misma es venerada como “árbol de la vida”. Con su moda, los protestantes podrían estar apuntando a ciegas al mismísimo “Magnificat”.

No cabe duda de que, por debajo de esta pugna ciegas, el árbol sagrado está afirmando sin saberlo la tradición inmemorial que, tan equívocamente, se inaugura en el Génesis hebreo o se reproduce a discreción en la mitología olímpica, como no la cabe de que este logro de la secularización ha empobrecido un símbolo magnífico al reconvertirlo en uno abstracto o, simplemente en un perchero para regalos a medida que la Navidad encoge su sentido mítico. Lutero gana a los puntos a Francisco de Asís mientras llega y no llega la mitografía del futuro.

4 Comentarios

  1. También uno es “belenista”,´razón por la que agradezco esta aclaración, que ignoraba, del vínculo luterano del Arbol cósmico. En todo caso, estas tradiciones se han reciclado en EEUU –¿verdad, amigo Miller?– y poco puede hacer la vieja y culta (?) Europa por conservar lo antiguo, la Tradición.

  2. siempre me duele cuando se ve a un pueblo tirar lo suyo para adoptar costumbres ajenas que le son extrañas….Algunos dirán que es el movimiento normal de la vida pero me choca.

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