Pese a las diferencias entre la situación de las dictaduras española y portuguesa, ahí queda la sensación generacional de que la “revolución de los Claveles”, funcionó como un precedente del cambio español. Mi generación vivió con vehemencia aquella oportunidad liberadora que la citaba en Lisboa para actuar de figurante en el gran drama de la revuelta inesperada y que demostró hasta qué punto son vulnerables las dictaduras que lo tienen todo atado y bien atado. El súbito olvido de Salazar, la rendición –en plan Breda—de Caetano al general Spínola pertrechado de su mocóculo, nos sugería la posibilidad de una solución similar en una dictadura española todavía consistente, y su posterior evolución radical prácticamente en mano de los comunistas de Álvaro Cunhal, se encargarían de probarnos pronto que allá no era posible ningún milagro de Transición pacífica y ordenada como la que se conmemora estos días en España tras la muerte de Suárez, sobre todo desde que el PSP se encargó de desmontar la escopeta militar y envolverla en paños calientes. Cuarenta años después, el desengaño portugués puede servir de consuelo a los maximalistas españoles que por entonces lamentaban nuestro retraso con respecto al país vecino. Se diga lo que se quiera, y liquidado por el propio tiempo el factor romántico, no cabe duda de que el modelo portugués supuso un fracaso rotundo comparado con la Transición española. Cuando ésta se produjo aquí no vinieron, como nosotros fuimos allá, los exploradores de un cambio que ya para entonces se habían desengañado en masa.

Todo era muy distinto entre Portugal y España por más que nuestros entusiasmos juveniles se empeñaran en reproducir simbólicamente aquí aquella revolución fracasada, desde los dirigentes hasta la feroz policía política, la PIDE, y desde la oligarquía –por completo extractiva y con sus fortunas a buen recaudo en el extranjero—hasta un régimen senil y desbordado por una rara modernidad a la que resultaba extravagante verla posar en los Jerónimos junto al mausoleo de Pessoa. En cuarenta años ha habido tiempo de sobra para el desengaño tanto en Portugal como en España, pero en absoluto procede la identificación entre ambas democracias. Somos nosotros los que calzamos cuarenta tacos más y el consiguiente fardo de experiencias buenas y malas sobre la espalda. Nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos ni nos queda ilusión para retratarnos puño en alto en el Rossio o en la Praça do Comércio.

2 Comentarios

  1. Buee. Pues como un paso de dolorosa, ha bailado el artículo de mi don JA de ayer a hoy y viceversa. Nuestras comentas lusas han seguido el paso de baile.

    Ergo, hoy comento sobre el paripé.

    Vaya usted, mi don JA, a preguntarle a Valderas, a Susana o algún otro colega de la crema de la intelectualidás por Sender o por la tesis de Nancy. Lo que han aprendido los monipodios en este tiempo es a distinguir el jamón de bellota del de cebo, algo que por fin ha puesto en claro Arias Cañete. A quien por cierto -igual que en su día le hicieron al «diputado Peces»- se esfuerzan en rebajarlo solo a Cañete. Será porque este apellido les suena a chiste. De baturros o así.

    Como lo de globos o fantoches. Pelotazo, por cierto. De globos solo conocen los profilácticos con sabores y lo de fantoches, si no es por Sabina…

    Y la risa conejil de Valderas. Con esos piños.

  2. Ojo que esta materia, bailada o no por los duendes, tiene hondo interés, aunque a mí me chifle la guasa de don Epi, por quien el propio don ja tiene debilidad y de quien hace elogios subidos. Y ya a propósito de olvidos o vuelcos, también yo alargo la mano unos días hasta dar con el corazón palpitante que animaba el recuerdo del amigo muerto escrito por jagm.

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