Cada día me convenzo más que el hombre pensante –del otro, que es el más sólito, como diría Ortega, no me ocupo ahora– es un animal milenarista que vive amedrentado bajo la ilusión del fin del mundo. La última prueba me llega desde la propia Nasa, concretamente desde su Goddard Space Flight Center, en el que unos sabios han construido un modelo matemático demostrador de que esto va tan mal que, en unos pocos decenios, podríamos acabar como el rosario de la aurora, debido, sobre todo, a dos errores humanos: uno, el de sobreexplotar los recursos como si no tuvieran fin, y otro, imponer un sistema de acumulación del capital cada día más desigual. Según esos sabios se abren dos posibilidades a la especie, a cual más catastróficas, en virtud de esas circunstancias, de lo cual concluyen que un crac de nuestra civilización no sería más que un caso particular de una regla común, la que establece que las civilizaciones, como los Imperios, se extinguen más o menos a los cinco mil años y justo a partir del momento en que ya no son capaces de responder a los renovados retos que la vida les va planteando. En fin, cualquiera sabe, pero a mí me da la sensación de que esos “cabeza de huevo” han leído demasiado al pie de la letra a Gibbon y, probablemente, también a Oswald Spengler, cuyo determinismo absoluto –es decir, la teoría de que esas entidades históricas respondían al imperativo isomórfico que puede resumirse en la fórmula “o crece o muere”—dio ocasión a Toynbee a salir en el tercio de capa para negar la mayor proponiendo que eso del “ciclo vital” –nacimiento, madurez, florecimiento y ruina—no era más que otra invención idealista muy apropiada en tiempos en que la duración del Reich se fijaba en mil años. Somos antropocéntricos hasta para inventar sociologías.

 

Aunque el caso es que, a la vista de lo visto, casi encaja esa teoría quiliasta en nuestra experiencia de hijos de árabes, nietos de romanos y biznietos de griegos y fenicios, “optimistas antropológicos” –como repetiría papagayo ZP—que duermen con un ojo abierto por si acaso. Todo ser vivo –y las civilizaciones lo son—se mantiene en una constante pulsión entre la vida y la muerte, entre el orto y el ocaso, entrillado por tensiones opuestas en una lucha por la vida que acaso sea su auténtico motor. Eso sí, tranquilos, porque la Nasa se equivoca mucho, de manera que no hay por qué cubrirse la cabeza de ceniza ahora que aún tenemos reciente la escatológica y cuaresmal.

9 Comentarios

  1. Tesis tremendistas no han de faltar nunca. Ahí tienen las que nos asustan con el cambio climático a propósito de esta meteorología rara que estamos soportando. Las civilizaciones funcionan por mecanismos complejos que, es cierto, recuerdan mucho a los procesos por los que se rige todo en la vida.

  2. Lo cierto es que los humanos vivimos y actuamos como si no fuéramos a morirnos nunca y no es raro que la civilización funcione más o menos igual.

    A mí me preocupa que mis/nuestros nietos no tengan la posibilidad de morir viejos.

    El absurdo despilfarro en el que se basa nuestro bienestar es, sencillamente, suicida.

  3. Cierto que la vida no se rige por los artefactos de la Nasa, pero igualmente de cierto creo que, al paso que va la burra, tarde o temprano -mejor tarde- se va a escachifollar por la vereíta que lleva.

  4. Buena reflexión, profunda y fundamentada, sobre la vieja tendencia milenarista de los hombres. Eso por tu parte; en cuanto a la Nasa, te diré solo que su aviso es de lo más antiguo. Por creer en esas alarmas postrimeras hemos perdido tu y yo y muchos más años de nuestra vida durante los cuales esperábamos ese barco fantasma que nunca llega la playa o el clarinazo de esa trompeta, ya sabes, que tanto nos divertía. Tranquilos todos. Como el rey del mundo de Axterix que decía saber que el cielo podría caer sobre sus cabezas pero que no creía que fuera a caer aquella misma tarde…

  5. (Al Doctor Panglos se le trabucado una equis, cosas que pasan).
    Lo que no vemos es relación de la Nasa con estas profecías apocalípticas, aunque los dos criterios que expone son muy razonables. Que el planeta está mal gestionado no hace falta que lo jure la Nasa.

  6. Fina ironía, y disparando con bala en algún momento, sobre Spengler y su opositor. También yo creo que los sujetos históricos siguen las reglas de la vida en general, pero una cosa es eso y otra proponer una especie de reglamento al que hubieran de atenerse. No hay que olvidar el momento en que esos Spengler escribieron, como no se le escapa a usted mismo cuando alude al milenarismo del Tercer Reich.

  7. Estupenda reflexión, bien fundamentada, como se ha dicho, que nos hace preguntarnos por qué los hombres tendrán tan encajada entre ceja y ceja la idea de la catástrofe y del fin de la Historia. Aparte de eso, me ha llamado la atención la índole de los motivos de crisis que prevé la Nasa, a la que yo no me imaginaba tan cercana a la sensibilidad social.

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