La noticia divulgada por la revista “Nature” –¡que sería del ‘logos’ peor también del ‘mytos’ contemporáneos sin ese acreditado papel!—referente a que un arqueólogo de la universidad de Poitiers ha hallado, mientras excavaba en un cementerio paquistaní, pruebas evidentes de que en el alborear humano, labrantío y matriarcal, al que llamamos Neolítico, ya se practicaba la endodoncia, resulta verdaderamente revulsiva. Sabíamos que en el Egipto del Imperio Antiguo los sanadores acogidos al cuto de la diosa Sekhmet andaban ya especializados y que entre ellos destacaban los dentistas, y que entre ellos no faltaban mujeres. No hay que creer en marcianos para explicar la cirugía craneana que practicaban los trepanadores japoneses (hay medio millar de cráneos que lo demuestran) ni la que, por su cuenta pero a riesgo del paciente, llevaban a cabo los curanderos rusos, peruanos, balcánicos y hasta algunos pertenecientes a lejanos ámbitos, como tampoco hay que idealizar aquellas prácticas puramente empíricas que si tenían algo en común era considerar al paciente como víctima. El hombre ha sido bien audaz en la historia médica, y hay que reconocerle a esa osadía una parte no pequeña en el avance tecnológico. Pero si ha llegado prácticamente hasta nuestros abuelos la tradición híbrida de los barberos/dentistas la verdad es que aceptar que en pleno Neolítico, es decir, coincidiendo más o menos con los trompetazos de Jericó, habría ingenios capaces de detectar caries, horadar coronas y perpetrar empastes y otras proezas endodónticas, resulta espectacular. Los historiadores de la medicina conocían hace tiempo las técnicas empleadas para trepanar y nos han referido cómo lograban aquellos titanes extraer una rodaja ósea con una piedra cortante o cual era la utilidad que daban al uso de piedras abrasivas, pero no habían dicho nada, que uno sepa, sobre empastes y menos sobre una medicina demostradamente diestra pero –como señaló, por ejemplo, López Piñero– del todo ajena a los planteamientos racionales. Cuesta imaginar al ancestro en la antesala del dentista, como en el poema inolvidable de Aleixandre, aguardando sobrecogido su turno mientras oía con espanto los ayes y lamentos del torturado. Desde ahora sabemos, en todo caso, que hace casi diez milenios que hay hombres que se enriquecen extrayendo esmaltes dentales y barrenando molares con tornos improvisados.

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Lo que ya resulta menos creíble es la pretensión del investigador de que tales “consultas” primitivas puede que fueran habituales e incluso frecuentes, hipótesis que él trata de apoyar en el descubrimiento de algún diente “tratado” en dos ocasiones por los ‘manitas’ del silex. O que la que hoy llaman “micro restauración” de ese esmalte perdido estuviera ya al alcance de una práctica primitiva que seguía fiel, no se olvide, a la estricta experiencia tanto como a la idea más o menos espiritista de la enfermedad y su remedio. Es una lástima, por eso, que tan viejos trajines no dejaran tras de sí memorias o fuentes que nos permitieran entrever cómo fue el hombre penetrando el misterio del mal, cómo osó enfrentársele y en que estupenda medida logró ir improvisando instrumentos y remedios que, todo hay que decirlo, nunca se separaron significativamente de la intuición mágica o el temor reverencial. ¡Había endodoncia (no sabemos si gratuita) en el Neolítico pero seguimos sin ella en plena postmodernidad! No me digan que no tiene guasa esta constatación elemental que dice casi más sobre la injuria que supone el abandono actual que sobre el mérito admirable de los viejos pioneros. ¿Darían factura aquellos artífices o el progreso les habría enseñado ya el método infalible de burlar impunemente a Hacienda? No hay que perder la esperanza de que, a esta paso, los sabios acaben revelándonos más pronto que tarde que nada hay nuevo bajo el sol.

1 Comentario

  1. Muy bueno lo suyo, maestro, pero que alguien lo diga. A partir de hoy las acrópolis, las oppida sacra de muchas, muchísimas de nuestras ciudades y pueblos son tomadas manu militari con acompañamiento de tamborradas gañanes y cornetas deafinadas. Se corta el tráfico, se limita incluso el desplazamiento peatonal para que campe a su antojo y monte su espectáculo una porción, no la más culta, ni la que más piensa, ni la más leida, pero sí la más ruidosa de la ciudadanía.

    Habrá carreritas con muñecos sagrados en Archidona o Antequera; coliblancos y colinegros de Baena se enzarzarán y no en juegos florales precisamente; en Alcalá del Río o en Alhaurín verdes y morados se dicen de todo menos bonito riéndose de que alguna Virgen (?) bizquea un poco; en Jaén sacan de paseo al Abuelo dede lo que fue cárcel y corredor de la muerte; en Cádiz los cargadores canturrean tanguillos de chirigotas por lo bajini mientras en la capital de la región andaluza, oh maravilla de arquetipo, entre pregones grandilocuentes -cuánta cursilería y cuánto ripio- y saetas mercenarias se hacen chistes blasfemos o se conspira contra el obispo.

    ¿No querían un botellódromo? ¿ Y por qué no un cofradiódromo?. Lejos. En el Charco de la Pava o al otro lado del extrarradio de algunas Rondas. Pero no en mi puerta, no en mi esquina. Quien quiera participar en la mascarada de terciopelo que no me obligue encima a comulgar con la bagatela de su devoción, idolatría, idolatría, a sus estatuillas, muchas de ellas de más que dudoso gusto.

    Panem et circenses. Pues qué bien. Pero que monten la carpa de su circo donde no molesten. ¿No tienen sus hermosos templos de excelente fábrica en los mejores sitios? Pues organicen allí dentro sus morisquetas y carantoñas y dejen de ocupar las calles, que son de todos. Un poquito de por favor. (Una vez más, apúntate una rayita, LuisMi.

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