En el Museo de Sevilla unas acogedoras voluntarias se disponen a explicar cada una un cuadro a los curiosos visitantes, una gran idea sólo posible por la asistencia relativamente escasa. No quiero ni acordarme de mi última visita a la capilla de los Scrovegni para admirar los frescos de Giotto, sometido a una disciplina casi militar y con el tiempo tan tasado que hube de volver a visitarla con el siguiente grupo luego de soportar una especie de cuarentena aislado en una estancia. También en la Sixtina acaban de instalar medio centenar de detectores de polución para prevenir el daño que sobre la obra maestra pudieran causar al alimón la propia presencia de los cuatro millones de visitantes anuales que recibe y el sistema acondicionador del ambiente que, por lo visto, produce partículas dañinas para la obra de Miguel Ángel. En el Louvre me pusieron en cola media hora la última vez que fui a rendirle pleitesía a la Gioconda y fue allí, quizá, en aquella breve travesía de la impaciencia, donde empecé a preguntarme por qué extraña razón los ciudadanos que, por lo general, van tan poco a los museos que tienen a mano, se convierte en “amateurs” entusiastas en cuanto se travisten de turistas. Los museos –aparte de la idea del “museo imaginario” del gran Malraux—han pasado de ser templos para iniciados y fieles, a convertirse en citas obligadas del turista que, como es bien sabido, es cosa bien diferente al viajero, y temo que esa transformación no tenga remedio dado que, a mi juicio, el gran fenómeno de masas de este comienzo de Milenio no es el de las grandes migraciones que estamos viviendo, sino el auge imparable del turismo, ahora potenciado por la industria “low cost”.

No sé si se acabaron definitivamente aquellas visitas solitarias que podíamos hacer vagando a nuestro albedrío por salas y pasillos semidesiertos, pero sí que probablemente nunca podamos volver a extasiarnos ante Velázquez o Veermer, sin prisas ni apuros, dejando vagar nuestra imaginación a través del tiempo detenido, y tal vez penetrando en solitario en el misterio profundo que casi siempre es un cuadro. Hoy los museos no se visitan, sino que se recorren, saltando a toque de corneta de una a otra entre sus obras más famosas, porque lo que a ellos arrastra a las muchedumbres no es el amor al arte sino el deber turístico. ¿Cómo volver de Nueva York sin haber visto el MOMA aunque sea a la carrera? “Je suis las des musées”, estoy hasta el gorro de museos, dijo alguna vez Lamartine, y Cocteau llegó a escribir que un museo es una morgue. Esos rebaños que hoy abarrotan los museos no comprenderían que esas cosas sólo pueden decirse desde una afición profunda.

5 Comentarios

  1. Cuánta verdad en la coluimna.Esa vecina que viene hablando en el toldo de la playa de Picasso que ha visto en su reciente viaje… El arte le interesa a poca gente pero a todos los turistas (casi). ¿No es eso una paradoja dre las que tanto le gustan?

  2. Yo también aborrezco los rebaños turísticos en los museos: ni ven ni dejan ver. ¿Han visto esos corros de ignorantes a los que otro ignorante explica la perspectiva del Giotto? Es para morirse. O para no ir más al museo.

  3. Toda actividad de masas comporta un alto grado de papanatería. El tusismo no podía quedar al margen de esa norma. Lo que me resisto a entender es eso que apunta la columna: que los mismos que no van a «sus» museos vayan a ls ajenos, del mismo modo que quienes no visitan jamá ssu propia Catedral hagan cola para ver las que se encuentran en sus viajes.

  4. No se procupe porque esas aglomeraciones son a fecha fija. Un día cualquiera, a media mañana, podrá deambular como un soñador por salas y pasillos como usted añora, sin un alma a su alrededor aparte de los aburridos vigilantes.

  5. Cuánta razón lleva hoy, don josian. El borreguismo turístico es un misterio gente que tanto protesta pero que con tanta facilidad se pliega a lo que le echen. En N.Y., se ve mejor que en ninguna parte, quizá, puedo asegurártelo.

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