Un viejo amigo, enseñante en la Sorbona desde hace muchos años, me escribe a propósito de algún comentario que hice sobre el carácter peregrino que tienen muchas de las investigaciones en que hoy se entretienen, incluso en las universidades e institutos más eminentes, ciertos científicos. Y para ilustrar el tema me refiere que un centro que no citaré acaba de gastarse lo dineros que no tiene en una extensa pesquisa sobre el Amor, así, con mayúscula, en plan Amiel, aunque incluyendo en la indagación su posible concomitancia con la amistad. Nada que objetar, por supuesto, sobre todo teniendo en cuenta que de ambas materias se han ocupado, desde la antigüedad clásica a nuestros días, no sólo los poetas sino nuestros filósofos más eximios. Ya que he citado a Amiel diré que nadie como él ha sabido adelgazar el tema hasta el punto de decir que el amor es el olvido del yo, concepto que tan bien casa con la insistencia de Ortega sobre el hecho comprobado de que el amor auténtico implica la “en-ajenación”, esto es, en cierto modo la supeditación del sujeto al objeto amado. Aunque para brevedad la de san Bernardo en su comentario al “Cantar de los Cantares”, aquello de “Amo porque amo”, sin más explicaciones ni matices: lo demás es mero erotismo o es mentira. Pero ¿y la amistad, qué decir de ese sentimiento que Aristóteles calificó de imprescindible para la vida aunque muriera confiando a sus discípulos la hiperescéptica conclusión de su experiencia, “Amigos míos, no hay amigos…”. Donde ha habido, a mi juicio, una mayor aproximación entre amor y amistad puede que haya sido en el ámbito siempre ideal del psicoanálisis, dentro del cual un prudente como Fromm pensaba que la amistad se desprende del amor, esa virtud auténtica entre los hombres que nunca entendí bien si trata de platonizar la amistad o de poner al amor en su sitio.

Quizá esos sabios inquietos por los sentimientos deberían contar con el desamor al hablar de los quereres y con el enemigo al referirse a la amistad, pues sobre las huellas de Aristóteles, Plutarco sostuvo que la enemistad es consustancial y aún necesaria para la auténtica vida humana, un oxímoron sólo aparente del que se ocuparon a fondo tanto Niestzche como Derrida. A vuelta de correos he recordado a mi amigo la síntesis con que Azorín (y creo recordar que luego también Pemán) liquidaban el tema diciendo que hablar del amor es hablar de la mar. ¡Y tanto! He de ver ese estudio para ver en qué se gastan la pasta esos hombres solemnes de bata blanca.

3 Comentarios

  1. Me alegra un montón que saques el tema, porque hay que ver los objetos de estudios que circulan npor ahí en pretenciosos informes.La comunidad científica no sabe lo que la lastima dejar hacer a esos espontáneos, muchos de los cuales rayan en la idiotez.

  2. Precioso tema, y tratado de manera tan amena.
    Me encantan sus escritos don Josean, cuando no tratan de política y únicamente de política.
    Un beso a todos.

  3. Hubo un tiempo nen que tenía por filosófico.teológico discutir sobre el sexo nde los ángeles o de cuántos de estos seres celestes ba´´ian de pie en la punta de un alfiler. La Ciencia siempre tuvo estas cosas y usted lo sabe muy bien, don Josian, pero en este caso creo que tiene mucha culpa la llamada divuilgación científica o sea los “medios”. Usre, por ejemplo, se dedica a oronizar sobre esos descubrimientos pero, por lo degenarl, lo que en periódico o revista se lee es simplemente acrítico.

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