Un notable esfuerzo periodístico trata esta temporada de publicitar la posibilidad de una “alianza de civilizaciones” sobre la base de la “modernización” religiosa en el área islamista. Se pone el acento, sobre todo, en la actitud de Arabia Saudí, protagonista de un visible cambio social que trata de integrar tradición y modernidad, pero sin dejar de lado a los presuntos proyectos ‘pacíficos’ de otros países hasta hace poco considerados como peligrosos por sus relaciones con el terror y, en algún conocido caso, actualmente en búsqueda de un acuerdo que les permita incluso convertirse en potencia atómica. Se insiste en la nobleza coránica, en la capacidad del islamismo para asimilar los valores universalmente aceptados para integrarlos en su universo ideológico, aunque, ciertamente, no se explica, ni bien ni mal, cómo llevara a cabo esa dudosa tarea. Estos mismos días la prensa occidental ha enlutado sus páginas con la imagen desoladora de las ejecuciones masivas perpetradas en Irán, la última de las cuales –en la prisión de Evin y a puerta cerrada—mostraría a una treintena mal contada de reos colgando de sus respectivas sogas bajo la acusación de “agresores sexuales”, invertidos o bebedores de alcohol, junto a la de narcotraficantes. Y a ese propósito se ha hecho notar que el Gobierno de Irán ejecutó en el pasado 2007 nada menos que 317 personas –o sea, descontados los festivos, prácticamente una diaria– mientras que no se conoce con seguridad el número de víctimas degolladas a sable bajo la  monarquía saudí o lapidadas por adulterio en  diversos países del ámbito musulmán. Se enfatiza, no obstante, la mejora de nuestras relaciones, fundadas en un intenso intercambio comercial y en nuestra dependencia petrolífera y se pone, de paso, el acento en ese humanismo coránico que, todo hay que decirlo, tiene sus diferencias esenciales con el humanismo de raíz cristiana hoy secularizado en Occidente. Toda paz debe intentarse, no hay duda. Lo malo es compaginar ese postulado con la gravedad moral que aleja a estos dos mundos.

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Ni que decir tiene que el dilema de semejante acercamiento axiológico no se plantearía siquiera de ser los países islámicos estados pobres o, al menos, carentes de recursos estratégicos tan decisivos como el petróleo. No tendría sentido otra cosa, sabiendo como sabemos que en esa misma Arabia Saudí, como en otras muchas naciones, se persigue a los fieles de otras religiones y se castiga con la muerte la apostasía, aparte de que la seguridad jurídica está tan poco garantizada como puede estarlo bajo el sistema de la “sharia”. Todos los discursos se estrellan, en definitiva, contra esas imágenes atroces de la presunta adúltera enterrada hasta el cuello para recibir inerme los cantazos de sus verdugos o del homosexual balanceándose en el extremo de una tansa para acrecentar el suplicio, porque, al menos en ese plano moral, ninguna razón económica puede conciliarse con un sistema anclado en la brutalidad y el primitivismo, sean éstos de la naturaleza que sean. Es verdad también que ya no se oye tanto ruido político en torno a una propuesta que no resiste el análisis más elemental, lo que no es óbice para que Occidente haya cerrado los ojos a la olímpica China que es el país que supera con mucho la barbarie de las ejecuciones, más o menos sumarias, o salte apresurado sobre el problema ético y moral que le plantea la tragedia de los “corredores de la muerte” en los mismos EEUU. Una alianza entre esas dos culturas exigiría homogeneizar primero las bases de la convivencia, pero en esa tarea, las democracias occidentales no pueden permitirse concesiones que irían contra sus principios más entrañados. No puede haber alianza con quien ejecuta a sable y en público a un beodo, cuelga de una grúa a “pecador”, persigue a los diferentes o considera inferior a la mitad femenina de la sociedad. Nunca hubo “tres culturas”, como dice, ni es probable que las vaya a haber ahora.

2 Comentarios

  1. Me da vergüenza ver que nadie haya comentado nada sobre este artículo. Con mucho retraso me permito dar mi opinión.
    Siempre repito lo mismo. La realidad es que las democracias, o los gobiernos actuales de lo que se llama Europa, u Occidente son esencialmente hipócritas porque adelantan y exigen valores morales que , a la hora de la verdad, ellos mismos no respetan.
    Quizas estemos condenados a eso: haced lo que os digo, no lo que yo hago, porque yo necesito petroleo, necesito agua, necesito tal o cual metal raro y aunque sé que tú eres un bestia, pues yo cierro los ojos y ya está. Creo que todos los gobiernos son así, menos los muy poderosos y descarados pero eso, por ahora , no está de moda, y hasta los Chinos dicen que son buenos chicos .
    Los mejores en este juego sucio y siniestro son los Americanos , que cuando necesitan aniquilar a algún contrincante, se sacan de la manga películas de la barbarie enemiga en hospitales y maternidades, testimonios falsos que encandilan a la opinión y hacen que se pueda votar por ejemplo la invasión de Irak.
    Más noble me parecería una política más mesurada,más “realista”, entendiendo por realista el hecho de que nuestros amigos no son siempre perfectos , pero son nuestros amigos , y a los demás nada: no somos cuates, somos meros clientes, compañeros de negocio y yo a ti no te debo nada…. Pero, para eso, tenemos primero que cesar de sentirnos culpables de todos los errores de nuestros antepasados y vivir nuestra situación actual sin complejos pero con generosidad.
    Un beso, don Jose Antonio.

  2. (Me ha madrugado usted, mi adorable doña Sicard, pero sabe que no iba a tardar mucho moi-même).

    Los pinitos buenrollistas, que no son de ahora, con las tres culturas y todo eso, no son más que los deseos –y la escasa información- de cuatro ‘illuminati’ que se creen llamados a salvar el mundo y plantar los cimientos de un nuevo orden mundial basado en la fraternidad, la bondad, la longanimidad, la benignidad, la paz y todo el padre Ripalda en peso. ¿Qué me dicen del semiácrata padre de la patria andaluza en sus visitas al Magreb, su proyecto de refundar AlAndalus a uno y otro lado del mar de Alborán y su presunta conversión al Islam? De ese Islam del que mi don JA del alma, ya lo ha dejado bien clarito de qué va: de sharia, de mariconcitos pataleando en la tanza hasta que se le salen las cabras y de señoras con la vena del gustito extirpada y que no pueden conducir sus carros.

    Hablando de nuestros hermanos musulmanes –ppfffffff, ya se me soltó la risa floja- siempre acuden a mi memoria dos puntazos significativos: el uno, nuestro monarca en el 73 –cuando el otro subidón del betún de Judea- mandándole un emisario, supongo que el Manco de Oro, al príncipe Fahd pidiendo cuartelillo y la respuesta de este, “…decid a mi hermano el príncipe don Juan Carlos que le enviaremos todo el petróleo que España necesite.” (literal, contado por don JC I). Ya saben, el asuntejo aquel de las comisioncillas, ¿cien millones de dólares dice usted que fueron?. Como ahora el gorila blanco, esta vez a su ‘primo el Rîsîtas’.

    La otra idea es irme a abrir por cualquier página el último libro de la Fallaci, leerla masticando las palabras y encender el mecherito un rato y decir mi plegaria habitual: ‘qué bien los tenías puestos, titi’.

    Besos para todos.

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