Varios grupos críticos se han levantado de manos frente a la iniciativa de las mujeres de un pueblo turco –presentada en público por una diputada de su Parlamento– de cerrar a cal y canto sus alcobas y negarse a mantener relaciones sexuales con sus maridos en tanto no se solucione el problema del agua que padece la comunidad. Un viejo y caudaloso manantial, del que el pueblo solía abastecerse, ha sucumbido a la sequía que sufre la zona y esas diligentes mujeres deben acarrear diariamente el precioso líquido desde una fuente situada a trece kilómetros, el cántaro apoyado en el cuadril o sobre el rodetillo en la cabeza, ni más ni menos que como millones de mujeres del Tercer Mundo vienen haciendo día a día desde que el mundo es mundo. La razón de esos críticos/as se centra mayormente en el bien traído argumento de que negar u ofrecer condicionalmente el sexo supone la asunción, por parte de las mujeres, de un concepto que convierte a aquel en contrapartida y, lo que es peor, en arma secreta y extrema de la hembra para medirse con el macho, cuando lo lógico y pretendido por la modernidad, en este sentido, es hacer del sexo de ambos géneros un don complementario y libérrimo, no sujeto a contraprestaciones ni requisitos previos. Y llevan mucha razón, desde luego. No es buena cosa formalizar las relaciones entre los sexos en régimen de intercambio ajeno al propio sexo –la prostitución es, al cabo, un trueque de ese tipo–, ni tiene grandes probabilidades de salir adelante una huelga de piernas cruzadas como la que el genio irónico de Aristófanes propuso en ‘Lisístrata’ para acabar con la guerra. Lo que esas mujeres tendrían que hacer, en todo caso, frente a los haraganes de sus maridos, es negarse a ir al pozo y esperar a ver qué sucede.

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Hay entre los objetores a las rebeldes turcas algunos grupos feministas que comparten, al parecer, el criterio apuntado, sabedores, a buen seguro, de que la dramatización ideada por Aristófanes era más un guiño cómplice (y macho) a la desigualdad entre hombres y mujeres que una propuesta verosímil de solución a su razonable convivencia. Pero a mí me parece que, más que el negocio sexual, de suyo tan pirotécnico y llamativo, lo que a aquella diputada y al pueblo en general debiera preocuparle es la situación de miseria que, a estas alturas, sigue agobiando a esas muchedumbres privadas hasta del agua, en las que alguna solvente ONG estima que podría reducirse drásticamente la aterradora mortalidad infantil simplemente enseñando a las madres unos rudimentos de higiene que, naturalmente, requieren lo primero ese agua de la que carecen. En Turquía, de todas maneras, no es la primera vez que se produce un altercado de este tipo, pues ya hubo otras similares en lugares de Anatolia y otras zonas, aparte de que dicen que es un clásico del cine turco cierta película sobre el tema realizada hace un cuarto de siglo, sin que, fuera de la ficción, se tenga la menor noticia de que en alguna de esas ocasiones la revolución femenina sirviera para gran cosa. El gran equívoco de la farsa griega consiste en su alta improbabilidad –y no faltan en la pieza bromas bien significativas al respecto—pero, sobre todo, su gran trampa está en que el mismo gesto de utilizar el sexo como instrumento de fuerza conlleva inevitablemente su cosificación al convertir el deseo en una mercancía y su ponerle un precio a su satisfacción. Lo que asombra, después de todo, es que este tipo de fábulas sigan reapareciendo, puntuales como perseidas, cada vez que se plantea el conflicto desigual, y más todavía, si cabe, que lo haga en un país como ése en el que las relaciones entre los sexos son rígidas hasta la caricatura. Vamos a esperar unos días hasta ver cómo termina el rentoy de esas hembras turcas terciadas de griegas enfrentadas a sus machos parásitos. Aunque sólo sea para comprender mejor a Aristófanes y su esmerada ironía.

4 Comentarios

  1. si no tienen mas remedio lo mas perentorio es que elaboren un calendario puntual en el que establezca a quien le toca ir cada dia, como cuando uno estudiaba y se repartia las tareas en el pìso de estudiantes, ademas de que el estado les ponga algun tipo de medio para solucionar el problema hasta que este se solucione. Un saludo Don Jose Antonio

  2. GRACIAS POR SUS FRECUENTES CITAS A LOS CLÁSICOS. ¿QUIÉN SE ACORDARIA DE ELLOS EN ESTOS TIEMPOS SI NO FUERA POR CUATRO GATOS COMO LOS DE ESTE BLOG Y SU MENTOR?

  3. Disfruté lo mío cuando mi madre me leyó Lisistrata. Era yo une jovencita tímida y aquello me pareció divertido y algo osado.
    Quizas , a pesar «de su alta improbabilidad», como dice aquí don José António, no sea tan sorprendente; es lo único que puedan hacer y que moleste, porque no ir a por el agua castigaría a todo el mundo, ellas inclusive.
    Besos a todos

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