Al mal tiempo, buena cara, no falla. La sonrisa y el puño alzado de Griñán como un signo triunfal son más bien el ornato forzado de una victoria pírrica. Nunca el PSOE había sido derrotado en Andalucía, nunca, ni cuando la bronca de los guerristas, se había mostrado tan demediado y áspero. No es fácil gobernar un partido como el PSOE con 3 o 4 de cada diez militantes en pie de guerra, con el agravante de que su recuperación resulta más difícil que nunca tras la actual fractura generacional. Y menos en una situación en la que ya se dice que la posición va noqueada por la vida, repitiendo un par de “leiv motiv” contra el Gobierno mientras le mueven la alfombra sus propios conjurados, y en la que cada mañana es peor que la anterior. A poco que de sí el “caso ERE”, Griñán sabe que su propia suerte está en el alero de un partido que jamás tuvo tan malas perspectivas.

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