No son pocas las revisiones recientes los procesos revolucionarios canonizados durante la segunda mitad del siglo XX. Contempladas desde aquella perspectiva resultarían difíciles de aceptar si no inasumibles las actuales versiones de la experiencia soviética y, más allá, la intangible de la mitificada Revolución Francesa. Con la historia del liberalismo español –y ahora que todo quisque es “liberal” acaso haya que recordarle a muchos de ellos que ese término es español de pura cepa—pudimos asistir ya a interesantes matizaciones durante el reciente centenario de “la Pepa” y, ahora, con motivo del centenario de la odisea del general Riego.

En líneas generales, entiendo que, al margen de ajustes de cuenta ideológicos y resabios integristas, las nuevas consideraciones sobre aquel liberalismo, resultan hoy de sobra interesantes frente a aquellos entusiasmos todavía vigentes a principios de los 70, cuando conmemorábamos el 150 aniversario del famoso Trienio. Y a esa revisión ha contribuido no sin pasión el profesor Manuel Moreno Alonso, cuya amplia obra sobre el primer tercio de aquel siglo resulta hoy indispensable, y lo ha hecho, no sólo ensayando el rescate de algunos personajes hasta ahora mal valorados cuando no ignorados por completo, cuyas obras permiten calibrar mejor, a esta distancia, ideas y valores.

Su última aportación ha sido la edición de los “Retratos políticos de la Revolución Española” (Renacimiento, 2021), obra de un personaje tan interesante como mal conocido, Félix Mejía, arquetipo de aquel “conspirador romántico” del que habló Jover, pero trufado íntimamente de su pariente, el “agitador burgués”, una valiosísima “galería” de personajes expuestos hoy, en muchos casos, a una luz bien diferente de la acostumbrada en nuestra apresurada historiografía. En esos “Retratos” vemos bajo una nueva luz la realidad probable de un acontecimiento mitificado del que desaparecen en buena medida los adornos heroicos mientras resaltan debilidades y miserias, también en buena medida, regateados hasta ahora, permitiendo apreciar el fracaso que supuso la aventura de aquel liberalismo bisoño afamado en el chafarrinón solanesco cuyo himno todavía resonaba durante la II República.

Moreno procede con cautela no exenta de legítimas devociones personales, al hilo del relato de aquel ajetreado personaja –entre Aviraneta y Zalacaín, vecino de Paúl y Angulo–  que esconde,  bajo el pseudónimo Le Brun, la crónica cercana de un fracaso histórico al que acaso hemos añorado luego en exceso. La asonada de Riego y su efímero y frágil régimen no fue el “faro de las libertades” con que fue saludada desde el exterior, sino una ocasión perdida, por defecto y por exceso, que habría de condicionar el futuro español. Marx y Engels, que vigilaban desde lejos, escribieron que “el carácter de la moderna Historia de España merece ser conceptuado de modo muy distinto a como lo ha sido hasta ahora”. Moreno lo sabe, porque recoge, con visible amargura, el dictado de Marañón de que “no ha habido jamás tiranía que no hayan merecido quienes la sufren”. Y lo triste es que este panorama histórico recuerda inquietantemente al de la España que vivimos hoy. Después de todo, hace mucho que se dijo que la Historia es maestra de la vida.

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