Mucha solidaridad y mucho cuento pero la verdad es que esta sociedad se desliza vertiginosa hacia la indiferencia más absoluta respecto de la desgracia ajena. Son demasiadas tragedias, demasiadas catástrofes, de acuerdo, pero ello no justifica nuestra radical indiferencia ante el espectáculo –por ejemplo—de los naufragios de pateras, nuestra más absoluta lejanía ante esos cadáveres a la deriva, arrastrados hasta la playa o congelados en la funeraria a la espera de la reclamación que nunca llega. Nunca una sociedad fue más narcisista y satisfecha, pero jamás ninguna se mantuvo tan al margen de la tragedia próxima.

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