La imagen del papa Ratzinger va a crecer, tras su dimisión, más de lo que hubiera sido previsible durante todos estos años. La figura de Ratzinger, presentada con insistencia como un pontífice ultraconservador, incluso reaccionario, ha olvidado de modo deliberado el perfil progresista que ese hombre tuvo allá por los años 60, cuando participaba con Karl Rahner, Schillebeck, Hans Küng o Ives Congar en el intenso debate teológico y sociológico que impulsó el Concilio. Se ha olvidado enteramente al Ratzinger progresista, abierto, que firmó el manifiesto famoso sobre “el papel y la función de los teólogos”, su colaboración con la revista “Concilium” y sus libros primeros  –como “La fraternidad cristiana”, que Jesús Aguirre le publicó en Taurus, o su “Introducción al cristianismo”, aparecida en Sígueme al filo de aquella década–, el aura de pensador avanzado, en suma, con que la gente de mi generación interesada en la materia lo distinguió entonces. Desde luego no es dudoso que luego aquel pensador cambió ni que su papel al frente de la actual “Inquisición” llegó a alinearse por completo con la tendencia ultraconservadora , pero hay en su pontificado no pocos rastros de aquel espíritu originario que me temo que muchos no hemos sabido reconocerle hasta que el gesto supremo de su dimisión nos ha redescubierto la vieja figura. Estoy convencido de que la imagen de Ratzinger va a crecer y mucho en los años de vida que le queden de vida.

 

Es absurdo dar por buena la excusa de la falta de fuerzas para justificar el plantón del papa. Conocemos demasiado bien la realidad “terrestre” de esa Iglesia como para no entender que lo que a Ratzinger le ha sucedido es que las últimas revelaciones le han parecido exorbitantes para un espíritu cansado como el suyo. El desafío de los mangoneadores de la banca Vaticana o las revelaciones no desmentidas sobre el lobby gay de la Curia constituyen un reto que el octogenario, tras su abrumador reinado, ha considerado excesivo para su mermada capacidad vital, eso es todo probablemente, y en consecuencia, su retirada del solio se convierte en una denuncia más que en una renuncia que incluso los más extremados críticos suyos habrán de aceptar en conciencia. ¡Cualquier cosa renunciar a la tiara! No hemos de tardar en ver cómo cambia del todo la luz en torno a esa figura a la que, en ningún caso, se le podrá achacar en adelante firmeza de criterio y falta de agallas.

3 Comentarios

  1. Comentario lleno de generosidad y grandeza y con vistas largas.
    Muchas gracias Don José Antonio por defender a un anciano honesto y digno.
    Besos a todos.

  2. Sé muy bien por donde respira hoy nuestro amigo, al que en aquellos tiempos conocí de cerca, y le doy la razón casi por completo. El Papa Ratzinger ha abierto una expectativa impredecible, ha dado un golpe de autoridad moral que será para su sucesor un desafío y me temo que una tremenda carga. Pero ¿¿¡¡ Y si fuera este gesto el que abra una era reformista, capaz de conservar lo esencial y devolverle su auténtico valor!!?? Me parece que vamos a tener que hablar mucho de este tema, cristianos o no, porque esos que dicen que “pasan” del papa no son más que unos ignorantes incapaces de apreciar el enorme poder moral de la institución.

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