Los temores al futuro no deben ni pueden hacernos olvidar un presente en el que han vuelto, ¡quién podía imaginarlo!, junto a tantas lágrimas negras, las colas de hambrientos. El Informe anual del INE retrata –al margen de otras dolencias sociales– la cara más oscura de Andalucía al desvelar que entre los 50 pueblos más pobres de España, 35 son nuestros, pero hay que añadir que ni siquiera en los medianamente dotados ni en las atractivas capitales, los desheredados se libran de aquella “sopa boba” hoy dignificada por la entrega de víveres y otras asistencias, básicamente sostenidas por la caridad pública de organizaciones cristianas. El horror de la pandemia no debe hacernos olvidar el que, llueve o ventee, padece esta población radicalmente marginada que un sistema social tan injusto como crónico.

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