La basura que estos días se amontona en las calles de Sevilla, como semanas atrás en las de Granada o Jerez, son un insuperable símbolo de nuestro momento histórico: la hez por doquier sin responsable conocido. Los símbolos emergen solos de la realidad, sin necesidad de que el hombre los invente o diseñe, como una emanación –en este caso fétida—de la condición de las cosas. ¿Qué mejor símbolo para el basural de esta vida pública que los montones de bolsas pudriéndose, qué mejor metáfora de la impotencia del ciudadano ante el Poder que la imagen de de la ciudad como vertedero? Esta partitocracia nos ha convertido en peleles convirtiendo la política en un pútrido bululú y el desgobierno en su consecuencia.

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