De nuevo nos aterra la noticia que llega desde Norteamérica, en esta ocasión ilustrada con el rostro helador de un joven, al parecer perturbado, que repite la liturgia de la masacre en la escuela. Abaddón el Exterminador, la cara oscura de esa democrática luna feliz capaz de liquidar a un Presidente mentiroso pero plegada a la tragedia que implica la tenencia masiva de armas. ¡Un millón y medio se vendieron el año pasado en el gran país con un prohibitivo saldo de víctimas! Desde el mismo escenario de la nueva batalla, una adolescente se pregunta trémula cómo es posible que se exija la edad de 21 años para comprar alcohol mientras se permite adquirir sin problemas armas devastadoras con sólo 18. Sobre las sangrientas imágenes del televisor, un experto pronostica que tras éste vendrán nuevos atentados que, a su vez, serán seguidos de otros.

¡Abaddón el Exterminador, el ángel apocalíptico que anda suelto, acreditado por una terca multitud que alimenta a sus langostas! Son temibles las cifras que ofrece aquel mercado de armas en el que cualquier ciudadano, sin mayores créditos, puede hacerse no ya con la consabida pistola –en EEUU casi un arma por habitante—, sino con un fusil de asalto. Un mal año el 2018: sólo en estos dos primeros e inconclusos meses parece ser que ya han sido abatidas 1.800 criaturas, lo que cobra sentido teniendo en cuenta que en el año que pasó se vendieron a ciegas un millón y medio de armas de todas clases. La lógica de los pioneros, el espíritu de la caravana, apela a la seguridad para legitimar su posesión. ¡El miedo a la libertad, diría Erich Fromm! Pero la dramática pregunta se plantea con urgencia y pulveriza la lógica ultraconservadora: ¿qué pintan en ese mercado las armas de guerra?¿Sabían ustedes que un fusil de asalto como el empleado por Abaddón no cuesta más, por lo visto, que ese hipnótico smartphone que mantiene en su limbo a la muchedumbre?

No nos engañemos, sin embargo: hay un culpable por encima del Mercado y es el Poder político. Un extravagante Trump se apresuró a devanar la madeja legal tejida por Obama –¡tan tímidamente!—, apretado por la misma legión ultra que admite la ejecución en la silla eléctrica de un menor tarado y mira hacia otra parte cuando contempla en el telediario estas catástrofes rituales. Estremece ese rostro asesino, demente tal vez, en cuyas manos puso al arma terrible un mercader sin escrúpulos. Con las bendiciones del Poder, hay que repetirlo, es decir, con el respaldo de medio país. Lo peor es, en todo caso, el vaticinio incomprensible del experto: “Continuará”.

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