Un periodista hindú, interesado y partidario de la causa de los sijs y disconforme con la evasiva respuesta del ministro del Interior, Palaniappan Chidambaram, optó este Martes Santo –que para él no lo era, como es natural—por lanzarle al prócer un tremendo zapatazo que éste logró afortunadamente esquivar con una oportuna flexión. Cunde la moda del zapatazo, por lo visto, cuyo notorio precedente hay que buscarlo en el lanzado a Bush en Bagdad al final de su mandato o el que también eludió por los pelos el primer ministro chino, Wen Jiabao en su visita a Cambridge el pasado mes de febrero, una moda que inaugura una era sin precedentes de irrespetuosidad en las relaciones prensa-poder pero que quién sabe si hunde sus raíces en el abismo inconsciente del hombre, ese irremediable animal mítico. El camino de la improvisación está empedrado de viejos contenidos simbólicos, desde luego, y en este caso no hay más que recordar las numerosas asignaciones de sentido que el calzado ha tenido en nuestro pasado, incluso si descontamos los freudismos extremados, como el popularizado por Bettelheim a propósito del zapato de cristal de Cenicienta, al que él atribuía un simbolismo vaginal que luego ha dado mucho que hablar (y que reír). Recuerdo que Harold Bayle mostraba, en su memorable ensayo sobre el significado de los símbolos, el sentido peyorativo que dio al calzado el genio visionario de Swendenborg, aunque es bien sabido que el imaginario arcaico le asignó valores bien altos y respetables, como lo prueba, por poner un caso, su función en los rituales romanos de compraventa. En el Libro de Ruth se lee que la entrega de la sandalia del vendedor a la otra parte sacralizaba el intercambio, idea a la que quizá hay que remitir alguna interpretación que ha llegado a ver en el zapato la seña genuina del derecho de propiedad. No tienen ni idea, pues, esos alborotadores, de los bueyes con que pretenden arar la expuesta besana del Poder.

 

Puede que pronto veamos a los barandas protegidos tras el cristal blindado tal como ahora vemos a los malandrines más peligrosos, y en ello no debería apreciarse ningún progreso de la opinión exigente sino un signo del imparable deterioro que anda experimentando la autoridad, paralelamente al equívoco proceso que lleva a nuestros reporteros a repreguntar a los dirigentes o a los plumillas deportivos a tutear a  entrenadores que los doblan en años, saber y gobierno. El zapato, por lo demás, es una cosa muy seria que en lo antiguo significaba libertad (los esclavos iban descalzos) y que hasta hace poco culminaba en la zapatilla papal cuya punta bordada besaban los fieles más sumisos. Por lo demás, en los ruedos se pasó de lanzar el sombrero o el abanico a dedicar al diestro el sujetador y hasta las bragas. Cualquiera sabe en qué puede acabar, por su lado, esta moda del zapatazo.

5 Comentarios

  1. Siento poner a veces el sabor acre en esa página. Pero tengo que resaltar que me duele que este sabio y docto Anfitrión comparta unidad editorial con la empresa que los domingos nos castiga con su cuadernón en colores. No hace mucho venían unas fotos descomunales -desaforadas diría el bueno de Alonso Quijada- de unos zapatos torturadores, horribles de feos y ¡caríssssimos! Dios, qué buen vasallo…, pero el tándem Pedro J_ta y su señora consorte, cuarzo lapídeo con franjas translúcidas, rosa chicle y naranja, lustre de títulos nobles, terminan siempre poniéndome de los nervios. Oiggg. Las sales, porfa.

  2. Cada día contengo el impulso de tirar un ZaPato a la tele por la sencilla razón de que sé que no llegará a su destino.

    ja es el único que sabe y se atreve a dar algún zapatazo de cuando en cuando a los que mandan sin reparar en su signo político, esto es desde hace muchos años.

  3. acto reflejo , acto emocional o de ira , cuestion de analisis, que no cabe al menos mencionar que es simpática. Un saludo Don Jose Antonio

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