A vueltas con españa

Ignacio Sotelo viene hoy a hablar a estas “Charlas en El Mundo” de los problemas de España. Él pertenece a una cohorte inmediatamente anterior a la mía, dentro de una generación marcada por el debate esencialista e histórico sobre lo que se llamó el “ser de España”. La gente nueva no sabe lo que fue educarse con el ruido de fondo del 98 bajo la propaganda wagneriana de la dictadura, aprender a leer intelectualmente, como quien dice, a dos columnas, entre la “España como problema” de Laín y la “España sin problema” de Calvo Serer, es decir, entre la protesta por el averamiento cultural de nuestra nación histórica –sobre todo desde el XVIII y la aventura fallida de nuestra precaria Ilustración– que ocultaba un profundo conflicto de valores; y la ilusión que logró hibridar el ilusionismo orteguiano con la fantasmagoría fascista. Pero así fueron las cosas, y en ellas aprendimos a entender que nuestro auténtico problema colectivo no podía ser otro que el múltiple que el franquismo nos legaba bajo las tres especies de la vieja cuestión territorial –ese invento y pulsión centrífuga de las burguesías regionales–; la no menos vieja cuestión militar, herencia lógica de la tradición timocrática del “pronunciamiento”; y, en fin, la cuestión religiosa, como aún la llamaban Clarín o Pérez de Ayala, tres problemas de compleja solución que la crisis inicial del siglo XX y el desastre de la guerra civil habían exacerbado hasta un punto que nos parecía sin retorno.

Quienes han seguido el trabajo crítico de Ignacio Sotelo –a mi juicio, y sin reservas, el primer científico de la política desde la postguerra y uno de los pocos intelectuales indiscutibles en este desierto– saben bien que esas tres cuestiones son también para él las claves de nuestro “problema” y, desde luego, las de este presente tenso que vivimos. Franco dejó abiertos tras de sí esos agujeros negros en torno a los cuales la democracia ha debido vivir procurando no acercarse fatalmente a su “horizonte de suceso”, es decir, a ese punto en que el enigma engulle fatalmente toda presencia. Pero si es verdad que la democracia solventó alguno de esos problemas de manera admirable –el militar, sobre todo–, también lo es que tanto el problema territorial como el religioso siguen ahí, no abiertos, sino reabiertos, en parte por la ingenuidad y en parte por la estúpida ambición de tanto irresponsable. La fórmula autonómica, que conjuró provisionalmente el problema territorial heredado, es evidente que ha fracasado, en buena medida, sobre todo por la ingenuidad constitucional que supuso dejar abierto el capítulo de las competencias de cada región a merced de los eventuales Estatutos, una circunstancias que la estrategia de supervivencia del todavía Gobierno –socio y rehén de las minorías nacionalistas e incluso separatistas– ha acabado de desquiciar. Y en cuanto a la cuestión religiosa, cautamente superada en un primer momento, no es ningún secreto que vuelve a ser utilizada políticamente, es cierto que con la responsabilidad de quienes gobiernan, pero también que con el concurso irresponsable de quienes quizá no se han percatado del cambio fundamental que ha hecho de España una sociedad plural, en la que millones de inmigrantes sin ir más lejos, fuerzan –como en tantos otros países europeos, por otra parte– a replantear la convivencia religiosa que ya difícilmente volverá a ser uniconfesional.

La gran preocupación de Sotelo –un universitario de dedicación ejemplar– es, sin embargo y sobre todo, la educación, el instrumento de socialización del que el país depende y que representa, por supuesto, como un reflejo fiel, las anfractuosidades del propio sistema social así como sus contradicciones. Me parece que, en resumen, él cree que hay un desfase grave entre nuestro desarrollo económico y el cultural, y que comprende la gravedad del hecho autonómico así como la actual crisis universitaria. Y todo ello es necesario contemplarlo en este momento desde la perspectiva nueva que han abierto las pasadas elecciones, sin duda decisivas para la suerte de las minorías nacionalistas y ya veremos si también para que desde el Poder central se recupere el sentido común tan afrentosamente dilapidado durante cuatro años.

Pero es mejor que lo explique él mismo, con esa envidiable independencia de criterio que lo ha encumbrado para muchos sin dejar de costarle bien cara. Hay quien ha lamentado en público la ausencia política de Ignacio Sotelo como una de las más penosas claves de la decadencia de la izquierda española. Estoy seguro de que cualquier español –de izquierdas o de derechas– coincidirá en ese lamento a poco que conozca su obra y el ejemplo de su propia biografía, tan raro y admirable, ciertamente, en medio de un paisaje intelectual, político y ético como el que nos ha tocado convivir.

3 opiniones en “A vueltas con españa”

  1. No sé, mi don NN, si piensa usted volver por aquí tras las Charlas en El Mundo de hoy, jueves. De todas formas le tomo la palabra dada: va usted a glosar las palabras del prof Sotelo.

    Si a alguien más, o a usted mismo, le parece oportuno echar un vistazo, dejo aquí una página de El Cultural. La entrevista al sr. Sotelo fue con ocasion de salir el libro que tiene el mismo título que figura arriba:

    http://www.elcultural.es/historico_articulo.asp?c=17992

  2. Desde hace varios años, comienzo indefectiblemente mis clases en la Universidad con la lectura de unas palabras de Ignacio Sotelo (en una entrevista que le hizo la revista Iris (nº 4, Abril, 2002, p. 5) que yo hago mías:
    “Al menos en la idea inglesa y alemana de universidad, menos las tres facultades tradicionales -teología, derecho y medicina-, todas las demás son polivalentes en el sentido de que no hay correspondencia entre estudios y actividad profesional. No pocos de los que estudian clásicas en Oxford terminan de ejecutivos en una empresa o de funcionarios en el Estado. Porque, al fin y al cabo, lo que la universidad proporciona es la capacidad de leer, es decir, de entender lo leído en distintas lenguas y jergas de especialista; segundo, la capacidad de expresarse, por escrito y oralmente, una vez captado el problema y en posesión de las posibles soluciones. Obviamente que se necesitan conocimientos concretos, pero no bastan; ni siquiera son lo esencial, si se ha aprendido -esto sí que es decisivo- a encontrarlos. Lo imprescindible es saber enfocar los asuntos, despedazarlos en sus componentes, y una vez reunida la información pertinente, saber expresarse por escrito o verbalmente, de modo que los demás lo entiendan. Siempre digo que la universidad no enseña más que a leer -es decir, a informarse por sí mismo-, a hablar y a escribir, para dar cuenta del estado de la cuestión y de las posibles soluciones. Y esta triple capacidad -de leer, hablar y escribir- puede adquirirse, sea cual sea la rama de la ciencia o el tema monográfico que estudiemos. En este sentido, la mayoría de los estudios son polivalentes”.
    Estoy seguro, pues, que su intervención pública será de lo más intersante.

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