A mitad de la escalera

Conservo muchas notas sobre mis vivencias en los almuerzos madrileños que en el “Club 21” o en “Horcher” organizaba Miguel García de Sáez quien, de vuelta de su éxito en la Feria de Nueva York, brillaba por entonces como Director de la emigración española. Entre los comensales, que eran muchos y diversos, figuraban personajes tan atrayentes como Carlos Bousoño, el escultor Serrano o don Guillermo Luca de Tena junto a, por ejemplo, Gabriel (Gabi) Cisneros que por entonces estrenaba en el “Pueblo” de Emilio Romero su prosa magistral, o un agudísimo profesor de Hacienda, Lozano Irueste, aparte de algún torero famoso (don Antonio Ordóñez, por ejemplo) y entre ellos se hablaba –con la libertad que podían permitirse aquellos “intocables”– de lo divino y de lo humano, vale decir del porvenir de De Gaulle, de la tragedia de Kennedy, de los tejemanejes de El Pardo, de los “bandos” franquistas –fue estupenda la época del pulso entre Fraga y Solís provocado por la estafa de Matesa-, siempre con una punta de ironía incrustada en un referente no negociable: la intangibilidad del Dictador y la vidriosa polémica de su famoso humor.

Allí escuché por vez primera la respuesta cumbre que éste dio a un Rodrigo Royo quejoso de su suerte y del mal trato que, a su entender, le daba el Régimen: “Mire usted, Royo, haga como yo: no se meta en política…”. O a Gabi Cisneros en su primera experiencia como visitante de El Pardo cuando, preguntado sobre los peligros que se cernían sobre la Patria, el joven Gabi contestó: “Ante todo, Excelencia, pues…, esto …, mi General…, los comunistas”, para recibir un imprevisible y tal vez intencionado consejo: “¡Y los liberales, Cisneros, no lo olvide, y los liberales…!”. Recuerdo que José María Lozano ironizaba al recordar la pulla que Franco asestó a Foster Dulles: “Pero es que, verá, señor Secretario, lo malo es que la masonería es buena para Inglaterra, pero que en España sigue siendo buena para Inglaterra…”. Hace poco el profesor Olivencia me matizaba la anécdota que contaba con frecuencia García de Sáez, cuando tras el éxito de Nueva York explicaba a Franco la oportunidad que se ofrecía a España de recuperar a Picasso, tal vez organizando una magna exposición de su obra, a lo que Franco habría contestado: “Sí, claro, Sáez, seguro que sería estupendo organizarla, pero me temo que no se lo van a consentir…”. Y Miguel, que se reía de su sombra, probablemente en aquella ocasión no sonreiría siquiera.

Aquellos eran los respiraderos de la época, y éstas, las leyendas, hoy tal vez poco creíbles, que adornaban el paisaje de la Dictadura.

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