Inútil el voluntarioso izado de banderas. Las de ayer se quedaron a media asta ondeando sobre un pueblo sumido en la peor crisis de su historia democrática y al que todos y cada uno de los observadores objetivos le auguran un futuro imperfecto. En casi medio siglo, la autonomía no ha logrado sacar a Andalucía de la cola del tren nacional y la pandemia ha venido a desenmascarar a los profesionales del optimismo. Al “Gobierno del cambio” le aguarda ahora el milagro o la catástrofe, justo cuando los partidos andaluces –el PP, PSOE, Cs, IU y Antisistemas—se desgarran internamente. Nunca fue mayor la irresponsabilidad política que supone anteponer la agenda partidista a la colectiva. Pero en ello estamos en plena ruina. Menos mal que la esperanza es lo último que debe perderse.

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