Los cejudólogos se preguntan qué puede inquietar tanto al presidente de la Diputación para añadir al espectacular sistema de vigilancia perpetua de su despacho por videocámara un sofisticado sistema de sensores capaces de detectar el traspié de una hormiga. ¿Qué guardará en su caja fuerte este hombre, qué clase de pesadillas ensombrecerá sus sueños, tendrá motivos para unos temores tan agudos que por momentos adquieren tintes paranoicos? Ese tipo de medidas cuesta un riñón y parte del otro, de manera que, habida cuenta de su proverbial probidad, muy grave debe de ser lo que Cejudo teme que le descubran en sus gavetas o debajo de la alfombra cuando se gasta un Perú en evitarlo. No se recuerda un caso semejante de desasosiego y desconfianza desde los viejos caciques que lo fiaban todo a un buen manojo de llaves. Estos caciques nuevos no reparan en gasto y antes de correr el riesgo de que los echen por la puerta son capaces de echar la casa por la ventana. 

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