Nunca me han gustado los mayordomos, esas estrellas de la menestralía. Imagino que debe de haberlos habido fidelísimos e incluso la vida me ha dado para conocer a algunos consagrados, entre la lealtad y el servilismo, a la memoria de sus amos, lo que demuestra que no es cierto el postulado de que no hay hombre grande para su ayuda de cámara. El “grand monde”, de todas formas, no se entendería sin esa especie de criados de privilegio que, de una u otra forma, ha funcionado siempre desde la complicidad. Recuerden a Falstaff, no les digo más, aunque la verdad es que ese eterno ejército que incluye desde el de Faraón hasta el del marqués de Urquijo, ha sabido hacerse imprescindible alternando la sumisión perruna con la astucia más artera. De la inacabable saga de madame Bettencourt –la anciana dueña del imperio de L’ Oréal engatusada (¿y por qué no, a ver?) por un seductor profesional al que ha legado una fortuna, la suya– que vengo siguiendo desde el principio con un asco no exento de vehemente curiosidad, ni siquiera el capítulo correspondiente al escándalo que ha hecho tambalearse a Sarkozy me ha llamado tanto la atención como la escena del mayordomo grabándole sus conversaciones a la pobre vieja (es un decir, claro) que, conviene recordarlo, le pagaba más de un millón al mes por sus servicios al gran traidor. La literatura acumulada sobre el mayordomo desde las crónicas antiguas hasta la leyenda contemporánea, sugiere como imprescindible ese papel entre abnegado y canalla sin el que tal vez no sería imaginable siquiera la vida del magnate. Sabemos, por ejemplo, la putada que ese miserable Pascal B. le ha gastado a Mme. Bettencourt como antes otros se la gastaron a lady Di o al príncipe Carlos, pero ignoraremos también cuántos inconfesables servicios les prestaron. El cocinero de Franco salió al día siguiente de la muerte del dictador mofándose de la frugalidad de éste y de su desdén por la gastronomía. Hasta las ratas quieren su minuto de gloria.

 

Los manejos de Pascal B. han provocado, como digo, una auténtica crisis institucional además de jugársela al ama registrando en la grabadora sus pródigas debilidades, un doble efecto inimaginable en cualquier instancia convencional entre cuantas se disputan el Poder, que socava los cimientos de la bien urdida leyenda del confidente del servicio. Por eso decía que no me gusta ese oficio, bien entendido que el gremio incluye a muchos trujimanes que no necesariamente visten librea. La fidelidad es un bien escaso, raro incluso, aunque se pague a precio de oro. A la vileza, por el contrario, no habría oro suficiente para pagarla.

5 Comentarios

  1. Sobre mayordomos y su fidelidad recuerdo un bonito libro (y película) llamado “Lo que queda del día” donde se relata con pormenores infintos la vida del mayordomo inglés, entregado en cuerpo y alma a la excelencia profesional. Excelencia que incluye la discreción más extrema sobre lo dicho por los de arriba en sus conversaciones cotidianas.

    En un ámbito más cotidiano, nada más divertido que el ceremonial que se establece en muchos restaurantes: “¿Tomarán algo de postre los señores?”, “¿El caballero tomará vino o cerveza?” Todo ese teatrillo medieval, en fin, de la cata del vino, aceptado con complacencia -qué remedio- por parte de comensal más distinguido en presencia de la peña observante. ¿No es una representación magnífica?

    Saludos

  2. Yo no sabía, querido don Rafa, que cuando se me ofrecía la cata porque era el más viejo de los comensales, se me estaba poniendo a prueba.

  3. Don Griyo: una vez le pregunté a un amigo camarero qué criterio tenía para decidir a quién le ofrecía la cata. “A quien creas que va a pagar la factura”, me contestó.

    En su caso -supongo- prevalecería el criterio de la mayor distinción.

  4. Bonito artículo. A mi también me da asco esta historia, desde la niña que paga dinerales para espiar a su madre,el mayordomo que le grababa sus conversaciones, la contable que tambien espiaba y que no para de piar,y el galán fotógrafo, qué gentuza! La más digna es la vieja, a pesar de sus debilidades, que cualquiera las tiene.
    Un beso a todos.

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