La prensa europea presta ya poca o ninguna atención al hecho, en todo caso notable, de que un país señero como Bélgica lleva a estas alturas medio años sin Gobierno. Se ‘pasan’ las noticias, no hay hecho, por descomunal que sea, que resista en titulares más allá de un cierto tiempo a no ser que mantenga pendientes aspectos significativos. Ni siquiera el de que un país –y tratándose de Bégica carece de sentido hablar de “nación”– se las averigüe solo en ausencia del poder, siga su vida sin mayores problemas y resuelva sus necesidades con normalidad, que es un poco el ideal anarquista puesto en práctica no por ninguna revolución sino por la simple inercia estatal. ¿Acaso una sociedad puede prescindir de ese denostado mal necesario que es el Poder, será cierto que los pueblos no necesitan de riendas para consagrar rectamente su ruta y seguir adelante guiados pos su propio instinto de supervivencia? En nuestras democracias es común la experiencia de que la ausencia de ese Poder, la vacación prevista u ocasional de los gestores públicos, para nada o en muy poco alteran la vida pública y menos todavía, ni qué decir tiene, la privada, como si el montaje social estuviera poseído por una dinámica que lo arrastrara hacia delante, igual a medio gas que a toda máquina, sin necesidad de que haya nadie en el puente de mando. No ocurre nada, no se detiene la máquina de las burocracias porque los gobernantes veraneen o se ausenten en viajes (laboriosos o placenteros, eso da lo mismo) al menos si tomamos como referencia el funcionamiento de los servicios. Entonces, ¿para qué sirve el Poder, acaso el personal puede vivir ordenadamente sin que el ojo del amo le engorde el caballo de la cotidianeidad? No tengo respuesta para la vieja cuestión ácrata pero ahí tienen a Bélgica, funcionando como un reloj, al menos durante este primer medio año sin Gobierno. Es posible que le mejor argumento de los anarcos haya que buscarlo en la propia lógica y disciplina de la organización social.
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Quién sabe si la desideologización intensiva que vivimos desde que fracasó el modelo bipolar acabará desembocando, una vez rematado su designio, en la evidencia de que ningún poder político es preciso para garantizar la buena marcha de una sociedad. La triste y deformada imagen que poseemos de los ensayos anarquistas históricos no debe hacernos olvidar el sólido trasfondo de una doctrina que valoraba el orden tanto como para proponer su autonomía de la política, un poco en línea con la identificación que Proudhon hizo en su obra más clásica entre eso orden y la perfección social, en el sentido de que la república (la “res publica”, se entiende) no es más que la “anarquía positiva”. No está el horno para bollos, de acuerdo, ni trata uno de erigir en plan flamenco la utopía de la “Feliz Acracia” en la que reinaba por doquier ese orden emanado del instinto solidario, por desgracia jamás verificado. Pero ahí está Bélgica, pacífica y próspera, rutinaria y satisfecha, rota en dos pezados que pueden ser tres en cualquier momento, pero sin mayor novedad, como proponiéndonos un ejercicio de ciencia y conciencia políticas sobre la prescindibilidad del poder. Liberales y relativistas no saben en qué berenjenal se andan metiendo. Igual una mañana nos levantamos con malas noticias de aquel paisito formidable por haber olvidado la advertencia volteriana de que el abuso de la democracia conduce a la anarquía.

3 Comentarios

  1. ‘Ya zemoh uropeoh’, fue el grito alborozado de tanto ceporrín de cuando usted y yo sabemos, paradójico colofón de aquel otro ‘OTAN, de entrada, NO’. Nos imaginábamos con la melancólica serenidad de los escandinavos, con el músculo industrial germano o con la cultura, mijita chovinista, de los galos. Nadie decía que nos parecíamos más bien a los dulces pero tristísimos portugueses, a los añoradores griegos o -en menor medida, ya quisiéramos- a los ridiculizados (bolsa de Guadalajara, películas de excesiva gesticulación de Totó) italianos.

    Teníamos, tenemos, un empresariado mafiosete, diga lo que diga el ciudadano Borbón, un sur desértico, un mar a cada lado, aunque uno nuestro sea océano, un clima intemperado y un norte, para ellos continental, que protesta del lastre sureño, que se queja de no lograr mayor autodeterminación/independencia y juguetea con ideologías filofascistas. Y no es leyenda urbana que entre los miliuno gobiernos que acumula su república, se suceden lapsos sin consejo de ministros en los que el país funciona como una máquina bien engrasada sin la escoria de las politiquerías.

    El Anfi nombra don Pedro José, je, je, Proudhom, y una recuerda entre brumas, viejas lecturas secretas de don Mijail Bakunin y don Bényamin Tucker. Ah, Icaria, Icaria.

  2. Desde luego, quizás nos vendría bien también a nosotros; así gastaríamos menos y podríamos construir más hopitales y disminuir nuestra deuda!

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