En una reciente Charla de El Mundo, un joven espectador, bien reconocible por su manifiesta tendencia a la pseudología fantástica, le planteó a Fernando Savater la cuestión del “club de Bilderberg”, órgano secreto, según él, donde presuntamente se cocía en realidad la decisión política mundial, se organizaban guerras y se muñían paces, se acordaban crisis o se inventaban pandemias. Fernando le contestó, con su habitual frescura e ingenio, que su paranoia –la suya, la de Fernando—era limitada y en esa razón se amparó para eludir un tema que la mayoría, hay que reconocerlo, tomamos a chacota en mayor o menor medida. No es que se tratara de un negocio nuevo, puesto que los libros de Daniel Estulin, lo mismo que la controversia de sus oponentes, han dado siete veces la vuelta al planeta, pero hay que comprender que este mundo, como alguna vez dijo Borges en Sevilla, tiene ya demasiados arcanos como para añadirle otros nuevos. Y sin embargo, lo que fue una comidilla alarmista –la existencia de ese club que incluía desde la Reina de España a los más altos magnates de la política y la economía—ha dejado de serlo por completo tras la reunión celebrada estos días en Sitges a la que ha acudido sumiso –a pesar de la que tiene en lo alto– el mismísimo presidente del Gobierno con objeto, al parecer, de “explicar” (¿) ante tan misterioso y alto senado la cuestionada solvencia española. O sea, que era verdad, que a veces la realidad deja chica a la fantasía, y que la idea, entre marxista y papiniana, de que el Poder visible, el político, no es más que un apéndice obediente del poder fáctico, va a misa. Hay que reconocer que la demagogia no precisa heraldos.

 

¿Qué puede explicar que un cenáculo de 130 influyentes tenga poder para convocar a las más altas autoridades legítimas que tendrían que rendir cuentas ante sus miembros? ¿Qué clase de legitimidad paralela puede justificar que quienes, aún siéndolo todo, nada son ante la “cosa pública”, secreteen y hasta se jacten de secretear ante los pueblos soberanos sobre sus máximos problemas? ¿Estamos ante un Gobierno universal secreto, como anunciaban los pseudólogos? Uno se ha resistido siempre a la fantasmagoría, pero ya me dirán cómo explicar que, frente a la sospecha universal, el presidente del Gobierno y la esposa del jefe del Estado participen en un foro elitista que, sin otra legitimidad que la que otorga el dinero, parece que se reserva la última (¿o la primera?) palabra en las grandes decisiones. Leo en “La Libertad” de Stuart Mill que en todas las constituciones debería haber un centro de resistencia contra el poder predominante. Y no puedo estar más de acuerdo.

9 Comentarios

  1. Es un escándalo, una vergüenza y un trágala. Adem´ñas de una humillación para el Gobierno, que ha de comparecer como un acólito ante sus amos. ¿Qué pinta ahí la Reina, además?

  2. (Le han cambiado los acentos graves por agudos en la edición impresa, ojo).

    De acuerdo con lo dicho y repetido: una vergüenza. Pero para mí es, además, un acto imcomprensible de exhibicionismo, porque hasta ahora estas actitudes de presión mucho más próximas a las mafias que los lobbies, se llevaban a cabo con discreció máxima,si no en secreto total. Luego no quieren que creamnos en el Doctor NO y esas figuras que jagm suele recordar aquí.

  3. ZP en ese cenáculo es un monigote. El Gobierno español arrodillado ante los Bill Gates. Y con la Reina a la cabeza. ¿O era simplemente la Sra. Grecia?

  4. La Reina, la Reina, vale, vale, intolerable, pero su caso se explica porque que el Rey está en los negocios no es ninguna novedad, y que m,edia en grandes relaciones comerciales, poor ejemplos, con los países ñarabes, tampoco. Si algú muerto levantara vla cabeza y pudiera hablar… Peor es que haya hicicado Zapatero, ese fuerte con los débiles, y débil con los fuertes. Ese monigote.

  5. No quiero pensar lo que se diría si la Iglesia tomara parte en ese conciliábulo. Son los ricos, los poderosos, quienes disponen en este mundo y no olviden que el pecado es el Poder.

  6. No sé qué decir, ¿una vergüenza?, me parece poco. No para los mandones, claro, sino para los acólitos. Lo que le faltaba a esta democracia era reconocer públicamente su relación enfeudada con la oligarquía.

  7. El artículo 22.5 de la vigente Constitución Española prohíbe expresamente las asociaciones secretas y, por tanto, sus reuniones. Y Sitges, que sepamos, todavía es territorio español.
    Pues no sólo va a la reunión, presuntamente, la Reina de España sino también el Presidente.Y después no se les cae de la boca la «Carta Magna» y lo buena que es, pero para lo que interesa sólamente.
    Y por favor, la excusa de que se allí para tranquiliazar a los mercados es ya el remate: las próximas elecciones los partidos deberían presentar a sus candidatos y a sus gurús financieros de cabecera, desde Soros a Rockefeller, aunque fuera sólo para saber a qué atenernos al votarlos.

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