Una vez más los sabios se aplican a la tarea de medir la felicidad. Lo acaban de hacer algunos en la universidad de Rotterdam, ni que decir tiene que enfocando al tema clásico desde la cuestionable perspectiva de la cuantificación del “bienestar” percibido por la opinión. La felicidad es uno de los más viejos asuntos filosóficos y, quizá por ello, difícilmente trasladable al plano sociológico, donde la acuidad del concepto suele perderse en beneficio del resultado práctico, siempre en línea con la presunción de aquel padre fundador que dejó dicho aquello de que esa sociología –que Unamuno consideraba “ciencia mostrenca”—es un saber empírico dedicado a probar obviedades. Como aspiración o ideal, la felicidad no tiene origen conocido porque es connatural al pensamiento, pero todo el mundo admite hoy que ese ideal individualizado no coincide con la aspiración a la “felicidad pública”, el gran invento del progresismo “ilustrado” –como hace poco tiempo resaltaban Delumeau y sus colegas— que los tiempos modernos y, en especial, la postmodernidad, han suprimido sin remedio. ¿Cómo medir en serio la felicidad de un hombre o la de un grupo cuando sabemos bien que plantear esa cuestión es hablar de la mar? En uno de sus finos “Propos” decía Alain que uno de los secretos de la felicidad es su indiferencia al propio humor: el perro dormido al sol –viva imagen—o su figuración humana en la imagen de Diógenes y demás adeptos de la “secta del perro”, que ha estudiado con acierto García Gual, constituyen la máxima representación posible del bienestar. Hoy, sin embargo, la felicidad se mide cruzando datos como la esperanza de vida o los índices de desarrollo con la propia opinión declarada. Y desde esa perspectiva, los españoles actuales califican con un notable su situación. Imagínense.

Se me vienen a la cabeza multitud de referencias al tema debidas a autores conspicuos, pero sobre todo se me impone la idea dominante de que la felicidad, según la mayoría de ellos, es concepto fugitivo debido a su índole eminentemente subjetiva. La gente ‘desconoce’ su felicidad propia pero ‘reconoce’ con facilidad la ajena, y esa razón se lo pone difícil a los cuantificadores que tratan de reificar, petrificando el concepto, lo que no pertenece sino al reino de la imaginación. Aparte de que no será lo mismo la felicidad para un espíritu estoico que para otro de propensión epicúrea, como no lo será en el ámbito mental de un Cioran o un Rilke respecto al de un Schopenhauer, el que definía esa búsqueda como la “cacería de una presa inexistente”. También se ha dicho que la felicidad era una “aptitud”. Ya me dirán nuestros sabios cómo se mide eso.

8 Comentarios

  1. Hya sociólogos e investigadores en general que eligen objetos de estudio absurdos. Como el de la felicidad. Preguntar a la gente si vive bien, está archiprobado que sólo conseguirá respuestas por exceso o defecto. Lo prueba que si fuera cierta esa apreciación del estudio a que se refiere la columna, los españoles estarían diciendo todo lo contrario que dicen en casa, en la calle o en el trabajo. Habría que velar porque el poco dinero disponible para investigación do se despilfarre en bagatelas.

  2. Juraría que fue mi don ASchopenhauer quien decía algo como que la voluntad -¿el deseo de felicidad?- para el hombre se expresa bajo la forma de un continuo deseo que queda siempre insatisfecho. Como hay doctores en esta santa casa, aunque me temo que hoy andarán de puente je je, más sabios, me someto a su criterio por si tienen a bien largarme alguna colleja.

    Uno piensa -poco, pero piensa- que la felicidad como ente no existe sino que hay escasos momentos felices entremetidos en el amasijo que configura el mundanal ruido del de León y que Horacio -esto sí lo he mirado en la chuleta- resumía en el procul negotiis. No iba descaminado el hombre. Pero ¿quién no anda hoy enredado hasta las orejas en los negotii, o sea en el porculizante, con perdón, nec otium?

    Besos a todos, con el copyright de madame.

  3. Silencio en el “puente”, qué se le va a hacer. A mí personalmente esta nueva cata que ja hace en el concepto de felicidad me dice mucho sobre su criterio y trambién, cómo no, me ilustra sobre el tema. Hay ilusiones que endilzan la vida aunque otras veces la amarguen y una de ellas es esta búsqueda de la felicidad, del estado de beatitud, que ha impregnado el pensamiento humano desde sus orígenes.

  4. Creo que el error de concepto está en buscar una felicidad como tal objeto concreto y permanente. Cuando en realidad es todo lo contrario: pura subjetividad y de lo más efímero. Sé es feliz AQUÍ Y AHORA igual que se deja de serlo. No existe la felicidad como objeto. Es un “estado”.

  5. Me gusta eso de “hablar de la mar”, que suena a Azorín, ¿me equivoco? Un comentario inteligente el de Clara en un día en que se ve que la parroquia está más por la labor de buscar la felicidad directamente que de especualr sobre su naturaleza filosófica. Me gusta el tema, no nuevo aquí, y siempre tratado por jagm con curiosa equidistancia entre el pesismismo y la esperanza.

  6. Se puede ser feliz aunque la felicidad, como suele decirse, no exista. Mucha gente es feliz, toda lo ha sido alguna vez, hay tontos con fortuna que lo son siempre… hasta que dejan de serlo. Todo depende mucho (se dice en la columna) de la condición´del individuo. En cuanto a sociedades felices, me parece que hablar de ello es ya un sarcasmo: en toda sociedad hay tanta desgracia que sólo con plantear el problema ya se ofende al buen sentido.

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