Nunca es fácil dilucidar la oscura trama en que se insertan los magnicidios. Estos mismos días he leído dos libros –no uno, dos—sobre el asesinato de Prim para acabar de convencerme de que nunca devanaremos del todo esa madeja. El profesor Chic, en cambio, que es uno de los pocos estudiosos que trabaja a fondo la historia económica de la Antigüedad, está convencido de que, por encima o por debajo de la conspiración de los Idus de Marzo, lo que de verdad mató a Julio César fue su política de sustraer el Estado, llamémosle así, de las garras de un sistema financiero que devoraba las energías romanas y que había de provocar todavía crisis más agudas en tiempos de Tiberio y, sobre todo, en los de Marco Aurelio. Cuando César, que no era ningún bendito, se percató del mal negocio, tomó medidas tan graves como limitar los tipos de interés o forzar a los capitalistas a invertir en la península al menos dos tercios de su fortuna, medida que había de favorecer extraordinariamente la circulación dineraria pero que no debió sentarle nada bien a los publicanos (recaudadores) a los que, encima, castigó con una quita –¿les va sonando todo esto?—del 26 por ciento a los deudores de los prestamistas, según cuenta Suetonio, además de prohibir que nadie poseyera más de 50.000 denarios en dinero, cautela con la que trataba, claro está, de limitar la posibilidad de reclutar ejércitos u organizar revoluciones. ¿Y qué hay de Bruto, a quien tenía por un hijo y fue el primero en hundirle el puñal? Pues Bruto, fíjense en lo que son las cosas, resulta que era uno de esos matatías, tanto que llegó a prestar a Creta un buen dinero a 4 nada menos que a un interés del 48 por ciento anual. Chic está convencido, ya digo, de que ésa fue la razón que, desde el cerebro de Bruto, movió su brazo (la imagen es de Ortega, como saben) y dirigió su mano armada contra su protector y aguafiestas. La gente no sabe lo peligroso que es gobernar con energía, sobre todo en medio de una crisis.

Me entero, en fin, de que en la que le tocó sufrir a Tiberio, provocada además por las malas cosechas, los perjudicados no sólo fueron los plebeyos hambrientos sino lo que hoy llamaríamos clase media (en aquel tiempo campesina) paralizados por la falta de créditos o su extremada carestía que provocaba, a su vez, el gran negocio de la especulación por parte de los prestamistas en el mercado del dinero. ¡Tomen, para que quiten la Historia de los planes de estudio! Parece que Tácito y sus colegas estuvieran hablando de Lehman Brother, de Jean-Claude Trichet o de Bernard Madoff, ¿a que sí? Nihil novum sub sole. Pocas veces el Eclesiastés (Ecl. 1,9) da tan certero en el clavo.

5 Comentarios

  1. Eso, nada nuevo bajo el sol. Aquí falta el comentario de don Trebonio, presunto componente del grupo de apuñaladotes.

  2. Se e ha encendido la bombilla, con joseantonio, y bien luminosa, por cierto. Rema usted a favor de la tesis de que todas las crisis son, en el fondo, mecanismos de ajuste del sistema económico que los especuladores interfieren a su gusto. Muy interesante, de todas formas, la comparación con lo sucedido en Roma. El final del artíc. es de los que hay que guardar.

  3. Muy divertido y original. Y correcto en sus citas y referencias. Da gusto un rincón así que a mí acaban de recomendármelo aquí en Madrid. Suerte. Seguiremos en contacto.

  4. Admiro tu paciencia con tipos omo el que me antecede, tu silencio ejemplar. ¿No sueles decir que el que se asoma a la vida pública debe atenerse a las consecuencias? Bueno pero esto es bastante poco justificable, porque no hace sino rezumar mala baba, rencor, envidia, yo qué sé.
    Lástima en un día con columna preciosa, culta una vez más, y tal vez es eso lo que no soportan algunos espíritus mezquinos. Lo del parangón entre crisis, divertido y digno de hacer pensar un buen rato. Claro que hoy no tenemos ningún César. Ni siquiera un Tiberio, ¿no te parece?

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