Acaba de decir la ministra de Sanidad que niega rotundamente cualquier hipótesis que contemple la colusión entre el su Gobierno y la farmaindustria. En Francia, mientras tanto, se pide desde la izquierda radical la apertura de una comisión investigadora para aclarar el rumor, difundido con lujo de detalles por la prensa, de que al menos cinco altos responsables sanitarios de la OMS habrían  sido untados por los laboratorios, cosa que niega desgañitada la dirección del organismo, insinuando incluso que la epidemia no debe darse aún por cancelada y que más nos valdría recordar que la durante la “gripe española” que mató más gente que la Gran Guerra, la mortalidad no se acentuó hasta muy tarde. Hasta se ha dicho desde ese púlpito que las víctimas infantiles de esta pandemia han triplicado las que suele causar la gripe estacional, pero la evidencia de que tras este embrollo lo que ha habido ha sido un enorme bluff crece por momentos, contribuyendo a disparar la desconfianza de los ciudadanos en el imprescindible referente que es el Poder. ¿Será posible que el Estado esté en manos de unos de unos especuladores a los que, ocupando puestos decisivos en la sanidad mundial, se acusa con detalle de haber cobrado de los laboratorios que habrían hecho el negocio del siglo explotando una pandemia imaginaria? Si esta desconcertante tesis llegara a demostrarse –y todo indica que se está muy cerca de ello—lo que habría que repensar no es sólo el funcionamiento del observatorio sanitario sino la capacidad real del Estado para conservar la confianza ciudadana. ¿Qué si alguien sería capaz de perpetrar una aventura tan difícil de aceptar? Recuerden los casos de las vacas locas, de las dioxinas, de la sangre contaminada, del amianto, de la colza, y las caras de panolis exhibidas, en cada momento, por los respectivos responsables. Esta no habría sido, en resumen, una crisis de la salud pública sino un fracaso del Estado.

 

El riesgo de la fábula del pastor y el lobo se cierne sobre una autoridad que se ha limitado, aparte de gastarse una millonada inútilmente, a recomendarnos que nos laváramos las manos con frecuencia y estornudáramos con discreción. Los propios médicos no se han quedado atrás al recetar a los efusivos minimizar los saludos manuales y evitar los besos, al tiempo que rechazan mayoritariamente la vacuna que se les ofrecía. ¿A quién creer, en adelante, en caso de emergencia? Un chiste de Forges retrataba la sociedad de la Transición como una orquesta de directores con batuta dirigida por un saxofonista. El hombre del siglo XXI puede mirarse atemorizado en esa viñeta como en un espejo.

2 Comentarios

  1. Pues no se ha demostrado el montaje de la agresión al cavaliere, después de esa patraña todo es demostrable

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