La ingeniería japonesa acaba de poner en el mercado un teléfono-etilómetro capaz de realizar la alcoholemia al conductor sin dejar de fotografiarle y enviar del tirón a la central los resultados informándola de si su estado es correcto o bien se nota que le ha dado a la frasca antes de meter la primera. El ingenio se llama “Alc-Mobile”, no tiene un precio excesivo y permitirá a los empleadores, además de salvaguardar a la clientela, controlar en todo momento el empleado con la ayuda de un sistema GPS integrado. Un comentarista subraya al respecto la inquietante situación que inaugura el nuevo trebejo, señalando de paso que, una vez más y como casi siempre, el progreso de la libertad tiene un envés dudoso en el que se insinúa amenazador el riesgo de la servidumbre. Hoy somos mucho más libres, por ejemplo, que cuando ni sospechábamos que la mitad de la basca comprendida entre los 10 y los 14 añitos dispondría de uno o más telefonillos portátiles con los que “esemesear” con la novieta (me pido el copyright) a pesar de los riesgos que, según la previsora UE correrían sus cajas craneales sometidas a efectos “térmicos, atérmicos y no térmicos”, pero no cabe duda de que esa libertad de movimientos no es poco ilusoria en la medida en que sería razonable restar de ella el supeditación que nos impone, justo a través del aparatito, el control ajeno. Ahora bien, lo probable es que no estemos todavía más que el pleistoceno de esta historia y que, a medida en que nuevos inventos vayan incorporándose a los ya en uso, existe una seria posibilidad (¿probabilidad?) de que lo que empezó como ópera acabe como verbena. Ya hablaremos cuando (enseguida) el celular permita masivamente la videoconferencia, es decir, cuando ya al marido escurridizo o a la esposa fugitiva no les quede resquicio alguno en el que guarecerse de la mirada sin límites.
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Se quejan algunas organizaciones estos días de que demasiados miles de niños y muchachos van a recibir como regalo estos móviles tan nocivos, al parecer, y advierten que a esos males que anuncian desde Bruselas los ángeles guardianes habrá que añadir lo que, con mucha razón, llaman “patologías psicológicas”, sobre las que pasan indiferentes, como caballo de Atila, los publicitarios que diseñan las estrategias especiales para enganchar en la cofradía teleparlante a los santos inocentes.  Pero los niños, no menos que los adultos, parecen decididos por la dulce esclavitud de esas nuevas dependencias a las que consagra un tiempo vital prohibitivo y de cuyo abuso lo suyo es esperar daños mayores a medio plazo. Claro que siempre fue así, más o menos, como muestra la adicción masiva al automóvil que hoy tratan de combatir a toda costa los munícipes desbordados por la plaga. Un hombre sin coche resulta hoy para algunos tan patético como para cualquier persona razonable debería resultar un ser humano atrapado sin remedio en un atasco, del mismo modo que un ciudadano sin móvil ha acabado siendo un ciudadano desnudo y expuesto a los rigores del anacronismo. Causen daños o dejen de causarlos, envenenen el ambiente o lo respeten, las nuevas tecnologías han supuesto saltos funcionales tan prodigiosos que apenas queda por el mundo quien se resista –como no sea a título paradójico—a la sumisión que reclaman como tributo por la libertad relativa que conceden. Peligra la noción de progreso en un planeta exclusivo en el que la abundancia ha traído la obesidad o el colesterol, y en el que la ciencia abre caminos a una técnica que va a acabar por demostrarnos que no hay ventaja sin inconvenientes ni posibilidad de ampliar la libertad personal sin ceder, a cambio, quizá como prenda, alguna parcela del albedrío. ¡Se acabaron los carajillos mañaneros y las birritas al mediodía. colegas! Un ojo que todo lo ve agranda su pupila sobre los mismos que, fatalmente, habrán de llevarlo voluntariamente en el bolsillo.

5 Comentarios

  1. Pues, eso. Que servidora tiene un móvil del pleistoceno superior y lo mantiene lo más lejos posible de mi castigada anatomía. Lo relleno con diez leuritos de prepago y alguna vez hasta me ha caducado. Evidentemente quien quiere parlar conmigo tiene que decírmelo antes por e-mail y ‘quedar’, que mirusté, por dónde el portátil furula con un móvil chachi piruli de postrer generación, pero que sólo me es útil cómo módem. Paradojas.

    ¿O es que acaso el internés con el que entramos al blog no fue en su día sino una red al servicio de espías y “granhermanos”? Caí en la tentación de leer lo de ‘Fortaleza digital’ del marrullero del Dan Brown, sí el millonario del Código da Vinci, sólo que lo había escrito antes y es un ladrillo que me encalomé como una penitencia. (Abstenerse sevillanos, porque da penita de la Sevilla que describe, creo que en 1997 o por ahí).

    Que tenemos los muros de cristal y el tejado ni te digo es una terrorífica pero cierta verdad, tamaño pirámide de Keops. Quizás la única salvación esté en no tener excesivas cosas que ocultar. Un amiguete mío se soba el paquete con ostentación cada vez que pasa ante un tubito catódico de esos de los bancos, de los párkings o de lo que sea. En la esquina de una hamburguesería cerca de la que paseo algunas mañanas tienen una. Está en zona poco poblada, más bien es para llegar con el coche y servidora echa en falta un buen paquete escrotal para empuñarlo y posar ante ella. Nos ha merengao.

  2. 18:10
    Pues sí, Maestro, pues sí doña, el progreso está para algo. Yo mismo acabo de patentar algo revolucionario. He inventado el multómetro. Me voy a forrar. Vean:

    Se trata de un GPS conectado a una impresora de tira y a un teléfono móvil con línea directa a la DGS.
    En cuanto te pasas de velocidad, la impresora expide automáticamente una multa y la comunica a Tráfico para que te resten los puntos correspondientes y te hagan el cargo ejempla en la cuenta corriente.
    Yo ya he perdido nueve puntos y una mensualidad y media con lo cual me he salvado la vida, casi seguro, tres veces.

    Es una pena que no hayan prohibido fumar en el coche porque tengo un prototipo que detecta el humillo y también se podría chivar. ¡Es que se les van las mejores!

  3. Se ha borrado mi comentario dos veces. Supongo que lo mismo le ocurriría a muchos ausentes.

  4. Esto de la modernidad es como todo, según se mire y según la utilización que se haga.

    Recuerdo de jovencita y estudiante, cuando me regalaron mi primer frigorífico canijo y herrumbroso, me planté en la cocina y me pensé muy seria y dramática ” Esto es el principio de una carrera sin fin: te estás emburguesando.” Y me sentí un poco culpable.
    Me volvió a ocurrir años más tarde cuando dejé los pañales de algodón por las pampers, pero todo lo que vino después lo asumí alegremente.
    Lo que es la costumbre…

    ¿Qué pasa? Dice nuestro Páter que los comentarios no se imprimen. ¿Por eso hay tan poquitos?

  5. Querida doña Marta, no lo crea: el Progreso no es infinito, ni lineal. jagm nos recuerda a veces se hecho que la doctrina reconoce ya como un invento del siglo XVIII, más concretamente del suyo, del francés. Sobre el silencxio de hoy, no lo dide: hay más gente conmocionada de lo que parece, incluso entre los duros blogueros de nuestro blog, con la catástrofe en que hemos entrado. Dios nos ayude, y me refireo, naturalmente, al Dios volteriano. Mi don Páter me absolverá.

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