Movida y gorda la provocada por la información, absolutamente verificable, de que la candidata a la alcaldía de la capital, Manuela Parralo, no ha iniciado siquiera los trámites para empadronarse en Huelva hasta que no ha tenido en la mano la designación de candidatura. Pero no va ser ésa la única cuita que abrume a la Parralo, ese icono inconfundiblemente pijo con tan innegables proximidades con el negocio urbanístico, que ni se plantea llevar a sus hijos a la escuela pública y de la que cuentan que perdió en algún barrio proleta un abrigo de visón. No hay que cabrearse, en todo caso, sino asumir el rol de cada cual y sus implicaciones simbólicas, dejando luego que sea el electorado el que libremente decida si las prefiere rubias y pijas o se decanta por otros modelos. Pero me da el pálpito de que los ‘exploradores’ de la “mesa camilla” han seguido, una vez más, el rastro equivocado. Forastera, ‘uper class’ y dieciocho hoyos de golf sería demasiado hasta para Rosa Luxemburgo. Para Manuela Parralo puede ser un hándicap insalvable. 

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