¡A los leones!

Mi amiga tudesca, Annette, que es socióloga en el hormiguero de la ONU, viene con su amigo, un misionero en el África profunda que ha salido del horno por una quincena para tomar aliento. Tristes e indignados, ojeamos entre mis libros, junto a los textos canónicos, el testimonio de la antigua historiografía romana (Tácito, Suetonio, Dion Casio, Plinio el Joven) y el de los padres primitivos (Tertuliano, Eusebio…), junto a los cronistas modernos y contemporáneos. ¡Las persecuciones! ¡La tragedia primordial del cristianismo, la grave tensión entre el ecumenismo cristiano y su competidor, el universalismo imperial! Un panorama escalofriante. Escuchen a Ignacio de Antioquía, mártir (en griego, “testigo”) en el Circo: “Soy trigo de Dios y debo ser molido por los dientes de las fieras para convertirme en pan inmaculado”. Y lo fue. Desde el siglo I hasta el III –bajo Nerón, el propio Trajano o Adriano, Domiciano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio, Valeriano, Diocleciano… hasta llegar a Constantino), los cristianos son perseguidos a centenares, millares quizá, en nombre de la “religio licita” que imponía el culto imperial. Pero nunca como ahora. ¿Ahora, en pleno siglo XXI, en medio de la apoteosis de la civilización?

¡Ya lo creo! Me traen mis amigos un informe elaborado por Open Doors International y revisado por el International Institut of Religious Freedom, según el cual en este momento son perseguidos en el mundo unos 215 millones de cristianos: en India o Pakistán, Bangladesh, Laos, Butan, Vietnam, Corea del Norte, Somalia, Egipto, Sudán, Afganistán, Siria, Irak, Yemen, por no hablar, entre otros países, de los del África central, media centena de países en que la sangría convive con la exclusión radical y violenta. Mi amiga templa gaitas con el argumento demográfico, compara las poblaciones del tiempo imperial con las actuales, tan enormes, pero el resultado es contundente. Hoy, en 2017, la persecución de cristianos es incomparablemente mayor que en tiempos de la escabechina ordenada por Diocleciano (lean a Lactancio o a Eusebio, y verán), y no sólo es imputable al extremismo islamista, sino a credos tan impensables como el budismo o el induísmo. Recupera actualidad la obra de Paul Poupard, la pionera de Workman o la de Canfield, hasta la serena aunque dolorosa literatura de los padres.

Mis amigos me prometen otros informes mientras contemplan extasiados, al pie de la Giralda, el trajín de la muchedumbre de turistas. “¿Será ésta otra “pequeña paz” como la vivida bajo el emperador Galiano?”, cuestionan inquietos mi amiga estudiosa y el misionero, que no las tiene todas consigo. Uno no quiere ni pensarlo, pero cualquiera sabe qué pensar ante este panorama.

Blanco y negro

Se me viene a la cabeza el lema que pasea airoso por Sevilla un ateo militante –“Todas las religiones dicen que las otras son falsas, y llevan razón”—atendiendo a lo dicho antier por unos y otros en el debate del Estado de la Comunidad: que todo marcha como la seda y que lo que no marcha guay es por culpa de Rajoy, según doña Susana; y que todo va de mal en peor, según todos, menos Ciudadanos, claro. Entre el edén y el averno no hay distancias en nuestro Parlamento, y eso, como ustedes comprenderán, resulta poco creíble. ¿“Todos los políticos dicen que el rival es una calamidad, y llevan razón”? Pues no seré yo, ni quizá el lector, quien pasee esa pancarta, pero no será porque nos falten motivos.

La paja y la viga

Lleva razón la Junta al rebrincarse frente a la opinión (publicada) de la vicepresidenta del Gobierno de España sobre la conveniencia de un cambio, tras más de tres décadas de “régimen”, en el puente de mando de esta autonomía instalada en el fracaso. Está muy feo, desde luego, eso de olvidar el papel de los electores en la pervivencia de dicho “régimen”, pero ¿acaso no se acuerda la Junta de los innumerables desdenes y zarpazos propinados por ella a un Gobierno de la nación al que tiene acusado de “discriminar” a los andaluces, de ser el único corrupto de nos aflige y al que incluso pretende endosarle el laberinto de los cursos de Formación labrado de un decretazo por doña Susana? Nunca vino más al pelo la metáfora evangélica consignada en nuestro título.

Viejo refrán

Rectificar es cosa propia de sabios, no hay por qué discrepar de Pope y de Swift, pero, bien entendido, que aquel poeta daba por supuesta la espontaneidad de la rectificación. No hay tanta sabiduría en el rectificador cuando obedece a presiones poco resistibles, como ha sido el caso de la Junta de Andalucía al anular la impagable multa impuesta a unas monjitas por el tremendo delito de restaurar un órgano ruinoso. Lo notable ha sido la unanimidad de la protesta, la reacción de tirios y troyanos ante ese alarde de autoridad con los débiles –“¡que duros con las espigas, qué blandos con las espuelas!”, ustedes ya me entienden— que contrasta con la manga ancha ofrecida por el “régimen” a tanto mangante. Claro que bien está lo que bien acaba –viajemos de Pope a Shakespeare— aunque sea forzado por el clamor.

El dinero público

Menos mal que el dinero público no es de nadie –como aseguró la ex-ministra de Cultura, Carmen Calvo– porque si lo fuera, sería para tragar cerillas. No tienen más que considerar el multazo impuesto a una monjitas por un quítame-allá esas pajas burocrático y compararlo con los dinerales millonarios que la Junta tiene cuestionados cuando no investigados por los jueces: los del agujero del saqueo de los ERE o los cursos de Formación, los de las ayudas sin justificar que el interventor de Huelva dice que son ¡el 100 por 100!, los apoquinados a empresas “afines” o incluso a personajes bien próximos al Poder máximo -¡ejem!— y otros flecos, que sus responsables siguen calificando de “bluff”. ¡Menos mal que esa pasta no es nadie, ya digo…! La Junta celebra todo el año a los Santos Inocentes.

Razas superiores

Tras la imbecilidad de Odón Elorza –tan rotundamente replicado por el ex–presidente Borbolla–, otro ya virtual ex-alcalde, el de Blanes, recurre a la tópica de la superioridad regional al decir que Cataluña vendría a ser Dinamarca y el resto de España, el Magreb. Asombra la persistencia de esa conciencia diferencial sin más base que la que le presta su peculiar paranoia localista, lo que demuestra que el aranismo no fue una ocurrencia excepcional de don Sabino, sino la regla de oro de todos los aldeanismos. Hay más memos que chinos, no cabe duda, pero pocos habrá tan ridículos como estos “diferenciadores” supremacistas que pretenden convertir su narcisismo, así, por las bravas, en teoría social. Y asombra también que algunos sigan recibiendo agua, sal y asiento a la lumbre en esta pródiga democracia.