El mal mayor
23 de Julio de 2008Ha caído Karadzic, Radovan Karadzic, el genocida, el criminal contra la Humanidad, y ustedes me disculparán por no llamar “presunto” a ese hijo de perra. Al fin, trece años después, al poco tiempo de ser relevado el servicio de inteligencia del país, lo cual quiere decir lo que quiere decir y no otra cosa. Los yanquis ofrecían por él cinco millones de recompensa, pero lo han pillado en un autobús, dicen que gracias a informes extranjeros, y hay que imaginarse la conmoción que la noticia habrá causado entre los bosnios de Sbrenica y las familias de las víctimas de Sarajevo, especialmente entre las 20.000 mujeres ferozmente violadas por los serbios, hoy abandonadas en la chabola, y cuyos hijos inasumibles viven lejos en la adopción o arrastran el estigma mientras los verdugos se pasean por las calles. Todas esas cosas ocurrieron entonces pero ya han sido, en buena medida, olvidadas, como es natural, porque la memoria tiene un límite y las noticias un plazo de caducidad, pero ocurrieron y no parece que hayamos sido capaces de repararlas siquiera con la sanción de los bárbaros. Karadzic, el psiquiatra, el poeta (no es broma) que hacía versos en su juventud, el asesino sádico que ordenó y asistió impávido a una de las mayores tragedias de la historia europea, mujeres violadas en presencia de sus maridos, maridos liquidados en presencia de sus mujeres, hijos degollados. ¿Es posible castigar algo semejante, hay sanción proporcionada a una maldad tan enorme? Cuentan que, en una entrevista, ese bestia dijo que los bosnios no tendrían que contar sus muertos, sino que les bastaría con contar sus supervivientes. Pero se habla menos del abandono de las víctimas, de su perra vida, de su vergüenza (¡) por el irreparable ultraje, aunque también por su pobreza absoluta. ¿A quién interesa una viuda arrastrada rebuscando en la basura? Una película ha sacado el tema en el Festival de Berlín pero, en general, silencio. Nadie quiere saber nada ni dentro ni fuera del país. Habrá que tener en cuenta todo esto a la hora de juzgar al monstruo.
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Hay demasiadas barbaries, demasiados genocidios impunes en los últimos tiempos. En África –donde ahora se sugiere la tesis (Vázquez Figueroa, por ejemplo) de que, bajo la excusa del tribalismo, lo que ha provocado la locura de los exterminios ha sido la explotación del coltán, ese mineral estratégico imprescindible para occidente–, pero también en esta lonja europea incapaz de hacer valer el fuero de los derechos elementales del Hombre. Ahora, ya lo verán, todo serán presunciones y derechos para el cafre, Occidente pondrá en el tablado, como tantas veces, la antigua farsa de la justicia formal, del procedimiento puntilloso, como un supremo sarcasmo tratándose de un sujeto como el doctor Karadzi, el que quiso edificar el sueño de la Gran Serbia sobre el inmenso cementerio del adversario. En tiempos lo habrían paseado por Belgrado y por Bruselas en una jaula, como hicieron con Ezra Pound por mucho menos, pero es seguro que se le otorgarán todas las garantías que son de justicia más aquellas otras con las que el narcisismo ultracivilizado gusta de engalanarse. Recuerden el teatral juicio de su amigo Milosevich, con sus gestos mussolinianos y su escandalosa exigencia de pulcritud procesal. No hay justicia, sencillamente. Ni entre los violadores y asesinos serbios ni entre los macheteros africanos, ni en las dictaduras amigas ni en las lejanas satrapías. Dispongámonos a ver en el telediario la imagen frecuente del verdugo, la imagen ya convenientemente remozada, quizá injuriando con soflamas al sentido común y al sentimiento de las víctimas. Impunes andan por ahí desde Kissinger o Videla a Mugabe u Obiang, protegidos con honores y fortunas en Suiza murieron Pinochet lo mismo que Bokassa o Idi Amín. Veremos que ocurre con este poeta vesánico y altivo y hasta dónde puede la Justicia medirse con el Mal.