El Gran Poder

Todo Poder tiende a ser absoluto: el que no lo consigue es porque no puede y el “régimen” que gobierna la autonomía desde siempre nunca fue una excepción en esa materia. Última demostración, que viene a sumarse a tantas otras: el ukase de doña Susana ordenando vaciar por completo de rivales al Consejo Consultivo, ese chiringo expletivo pero costosísimo, sin otra función que asilar a ilustres acreedores partidistas y lustrarle los zapatos al Jefe. Un “crítico” parece que había en él y ni a ése han dejado, porque será sustituido por una “compañera”, fiel a prueba de nómina, en pro de la unanimidad. No tiene remedio, lo sabemos desde Alejandro y César. Que hayan menguado las tallas es lo de menos. El fondo de la cuestión –la irresistible tendencia al absolutismo– no ha variado ni poco ni mucho.

Sin plan que valga

Se ha dicho en muchas ocasiones: en más de treinta años, el “régimen”autonómico andaluz no ha sido capaz de idear un plan de desarrollo que merezca tal nombre. Vamos a ciegas, a trompicones incluso, como quien dice, viéndolas venir pero sin saber a dónde nos dirigimos. Con una industria flaca y un sector servicios galopante, sólo un turismo animado y masivo –que también tiene sus costes, claro— centra nuestra actividad económica. Y ahora son los mismos empresarios de esta primera industria quienes se quejan de la escasa capacidad adquisitiva de nuestros visitantes, reclamando una demanda de mejor calidad que es como pedir que lluevan perdices. ¿La Junta? La Junta se aferra a su estabilidad –a seguir como sea, se entiende— pero sigue ciega y sorda. Entre docenas de “planes” faltó siempre ese Plan que ahora parece que es urgente.

Ahorro en Sanidad

El uso forzoso de medicamentos “genéricos” establece, de hecho, y contra el criterio de muchos médicos, dos asistencias médicas en el sistema público de salud (SAS): una para pobres y otra para acomodados. Un triste e inadmisible recurso con el que, a costa de la salud de los menos favorecidos, la Junta –¡tan ahorradora, por las que hila¡– dice que reduce su gasto catastrófico. Y ahora, la Comisión Europea y el Defensor del Pueblo Español andan investigando lo que consideran una discriminación insultante infligida a los andaluces por su propia autonomía. ¿Por qué un andaluz enfermo ha de tratarse con fármacos tercermundistas mientras en otras comunidades lo hacen con los genuinos? Con tantos millones revoloteando por los despachos, realmente está discriminación resulta insufrible.

Vergüenza torera

Los funcionarios de la autonomía han dicho que no, por segunda vez, a las trampas de la Junta. La primera ocurrió cuando se tentó con dinero a los profesores para que mejoraran las notas a fin de “maquillar” los resultados, y estos rechazaron dignamente esa ignominia por aplastante mayoría; la segunda acaban de protagonizarla los “white collars” de la Junta –el colectivo laboral más sufrido en manos de estos aficionados— al rebelarse en masa frente a la degradante solución del “trabajo no presencial” que entienden, con razón, que deteriora su imagen colectiva. Doble lección de los profesionales a unos políticos que no se atienen a otra regla que aquella que propicia sus intereses. ¡No, gracias! Nadie mejor que ellos saben que en ese truquismo estriba, en gran medida, el múltiple fracaso de nuestra aventura regional.

El cura y la sequía

Ya no hay rogativas, hoy sería ya insólito ver por las calles de nuestros pueblos un cortejo presidido por el párroco entonando preces en demanda de lluvia, como antaño, y desde unos orígenes remotísimos, fue costumbre en tiempo de sequía. Hasta se practicó la extraña liturgia de “mojar” a las imágenes de algunos santos, un caso evidente de magia “de contagio”. El favor se le pedía a la Virgen o a los santos, vistos Una y Otros como intermediarios privilegiados ante el “amo de la lluvia” que era, como es lógico, el mismo Dios supremo. Los políticos se unían a esos ejercicios populares, puede que hasta de buena fe y, desde luego en tiempos de la dictadura franquista, entendidos como un deber patriótico. Y todo eso se fue, barrido por la secularización galopante de nuestras sociedades, pero aún hay quien conserva el rito, como una rareza, eso sí, tanto en el ámbito católico como en el islámico.

En una de aquella sequías de postguerra, don José Moya, cura profundo y experto tratante de ganados, que había ejercido su oficio en varios pueblos de Huelva hasta terminar como párroco en Beas su “cursus honorum”, se vio literalmente asediado tanto por los caciques locales que aguardaban impacientes el agua, como por el mismísimo gobernador de la provincia quien, a ruego de aquellos, se desplazó hasta el pueblo para, con su autoridad, tratar de convencer al cura. ¡Todo inútil! Don José –un cura antiguo entre Guareschi y Bernanos–— se reafirmó en su negativa ante el poncio, decidido a no permitir la procesión de la Patrona, dando pie a que éste invocara al propio Caudillo, según él partidario fervoroso de las rogativas. Hasta que, en fin, viendo perdida la desigual batalla, don José embozó su manteo, caló airosamente su teja y, ya medio de espaldas a las autoridades legítimas y fácticas, las despidió espetándoles: “Bueno, pues si la queréis sacar, sacarla, ¡pero el tiempo no está pa llover!”.

Afrontamos hoy en solitario la pavorosa sequía que escurre los arroyos y cuartea nuestras tierras, atentos sólo a la previsión del telediario pero definitivamente olvidados de la mediación divina, sin que ni siquiera el anuncio apocalíptico del cambio climático baste para recuperar la tradición inmemorial, pero ya ven que también en la mentalidad tradicional cabía la experiencia empírica junto a la esperanza que proporciona la fe. Por lo demás, no veo grandes diferencias entre la capacidad del actual meteorólogo y la que asistía a los orantes devotos, a poco que estos poseyeran la experiencia solvente de un don José como aquel.

Lío en el plenario

Cuesta seguir el ritmo que agita el plenario de los ERE en medio de la algarabía de unos y otros. Sube la tensión el PP pidiendo la comparecencia de la presidenta Díaz, que al PSOE le parece ridícula quizá porque no recuerda ya cómo se obligó a Rajoy a testificar en el caso Gürtel ni repara en que ahora mismo sus letrados estén reclamando que comparezcan los altos cargos de la época de Aznar. Lo que nadie hace es preocuparse del dinero defraudado, que se perderá a buen seguro, ni del desprestigio institucional y político creciente al que están contribuyendo entre todos. Es grande la irresponsabilidad de muchos políticos sumidos en el desconcierto y atentos sólo al “sálvese quién pueda”. Ciertamente, la foto de ese banquillo puede producir aún daños mayores de los ya ocasionados.