Ir por libre

La insumisión y el desafío institucional no son exclusivos de la sedición catalana. También en Cádiz –la cuna de nuestro constitucionalismo– un alcalde hace de su capa un sayo saltándose la Carta Magna y la jurisprudencia a la hora de izar la bandera oficial. Pero lo malo no es esa ocurrencia sino el hecho de que la respuesta de la autoridad tarde tanto en pronunciar algo tan sencillo como es la ilegalidad que aquella supone. No sólo en Cataluña; también aquí hay quien se salta impunemente la regla de oro de la democracia, lo que demuestra que la crisis de la autoridad es un flagelo que afecta, a lo largo y a lo ancho, a nuestro sistema de libertades. Y mientras se pueda ir por libre en la vida pública, no hay duda de que algo cruje en sus cimientos.

Lo que diga Don Manué

Hay una evidente contigüidad entre las corrupciones públicas y las privadas. Ambas responden a un mismo impulso ilícito y se contagian entre sí, de manera que no es verosímil mantener probo al gentío mientras, en las alturas, sus poderosos rabadanes se ríen de la Ley. Lopera no es sólo un síntoma sino un resultado: el inevitable que se produce en el laberinto social cuando Ariadna guía son su hilo negro a Teseo por el laberinto tramposo. La política puede y deber ser una pedagogía para lo bueno pero, desde luego, lo es inevitablemente para lo malo. Don Manué — como tantos “don Manueles”– sólo es concebible en una sociedad podrida en las alturas. En la Andalucía de los ERE, de las facturas falsas, de Invercaria y de los fondos de formación, ese pícaro no es más que un efecto colateral.

La vieja manta

No nos enteraremos de qué ocurrió de verdad en el mamoneo de las facturas falsas de UGT, mariscadas incluidas. Y no nos enteraremos porque la “Junta hermana” tapará con la vieja manta al “sindicato hermano” como demuestra su negativa a precisar el montante real de lo presuntamente defraudado que, según el súper consejero de Innovación etcétera, Sánchez Maldonado, no sería menor de los 15 millones de euros, sino mayor. ¿La razón del tapujo? Pues dice la Junta que no es otra sino la de “no perjudicar” económicamente a los investigados, ya que están “sub iudice”… Vale, para qué discutir, en boca cerrada no entran moscas y, en fin de cuentas, el mangazo no deja de tener su lógica fraterna. Por lo demás, ¿acaso sería la UGT la única que ha mangado aquí? Cada día que pasa está más claro que no.

La prescripción, almendruco

Tal cual. La prescripción, tal como está establecida en nuestro ordenamiento jurídico, es el truco del almendruco. ¿Tiene sentido que, si el delincuente tiene posibles para quitarse de enmedio, su pena prescriba y pueda reintegrarse impune a la sociedad, eventualmente para gozar de su mangazo? No tienen más que ver al concejal de Marbella que se fugó a Argentina –¡como todo el mundo sabía!– y acaba de entregarse, once años después, porque sus delitos habrían prescrito. Entre ese truco y el del beneficio que supone para los delincuentes la indebida –pero inevitable, tal como está el patio– dilación del procedimiento, aquí no pagan más que los pringaos. ¿Cuántos de ellos hemos visto entrar en la cárcel incluso plenamente rehabilitados? Está claro que aquí hay una Justicia para pobres y otra para delincuentes ricos y orientados.

Vivir en relativo

Pocos escritores de la “generación de la Guerra Civil” –así se calificaba él frente a quienes lo encuadraban en la generación del 27—como Antonio Espina, uno de esos españoles cuya vida truncó el conflicto fratricida y hubo de vivir no sólo la cárcel sino un exilio en el que nunca pudo acomodarse inquieto por su nostalgia. Espina vivió como pudo de la literatura, escribió espléndidas biografías (desde la de Luis Candelas a la de de Chopin pasando por las de Shakespeare o Voltaire), ensayos y numerosos artículos aparecidos en la prensa hispanoamericana y española, en especial en la Revista de Occidente –su primer refugio al salir de la cárcel—y este propio diario. Sobre cualquier caracterización que se pretenda hacer de Espina, creo yo que planea la del fino humorista al que la crítica consideró heredero de Quevedo, Larra o Goya y del que dijo Juan Ramón Jiménez que poseía “ese humor misterioso, desenfadado, agudo que corre por la venas de la gran hoja de nervios rojos de España”. Una fría mañana de los primeros 70 le acompañamos hasta su última morada en el Cementerio Civil de Madrid, conmovidos ante aquella vida ejemplar, españolísima, que hasta hubo de soportar la humillación de presentarse ante el ominoso Tribunal de Orden Público de la Dictadura denunciado por un embajador español mecido entre el celo y la ruindad.

En “Triunfo” firmé yo mismo – a petición de Víctor Márquez Reviriego– un recuerdo de su extensa obra narrativa y ensayística en el que lo reflejaba como escritor “de muy variados registros y artífice de un estilismo natural e instintivo realmente poco común” considerándolo escritor de grandes vuelos, autor de “una vasta, culta, inigualable de pergeño que apenas le dio para comer”. España trata así, con gran frecuencia, a sus hijos preclaros, a los que luego deja alejarse arrastrado por el olvido (ha tenido que estallar Internet para que sus libros reaparezcan en el mercado), pero Juan Ramón –que no era pluma fácil al halago—lo dejó consagrado como dueño de “un costumbrismo de cinco pies, tomadura de pelo del chocolate del loro; ese salirse del comedor burgués por la chimenea, la gatera, el ojo de llave, la cafetera rusa, por donde sea imposible…”. Amorós me recuerda que Ayala lo retrataba en la anécdota de un españolismo de exiliado que le hacía maldecir al país que lo acogió cuando se cortaba al afeitarse. “Escribir en España es llorar” cuentan que dijo Larra. Una tarde del 73 coincidíamos en ello jóvenes y mayores en el homenaje que tributó a Espina, en su sede de la madrileña calle de Miguel Ángel, la Asociación Española de Mujeres Universitarias: fue unánime esa queja entre ponentes tan diversos como Soledad Ortega, Valentín Andrés Álvarez, Mauricio D’Ors, Gonzalo Torrente o al joven Andrés Amorós que representaba a Ayala. Espina habían escrito: “El arte viste de luto/ por el contraste aflictivo/ de vivir en pensar en absoluto/ y vivir en relativo”. No se me ocurre mejor epitafio para él mismo.

Los “concertados”

Si antier fue el sindicato, la centenaria UGT, ayer le tocó el turno en los Juzgados a la patronal, a la CEA de nuestros pecados. Los “concertados” de la Junta, los garantes de la paz social a cambio de tantísimos millones, los representantes del capital y los del trabajo, han acabado en la picota acusados de presunta (y a veces evidente) mala gestión y tremendo mangoneo. Veremos lo que dice la Fiscalía pero, de momento, un informe de los Administradores judiciales acusa a la cúpula de la CEA de desastrosa gestión –y no sabemos aún si de algo más– en el enredo de la promoción de viviendas VPO que tanto nos dio que hablar en tiempos. Pero verán como la Junta sigue posando para la foto con los justiciables. ¿Quién respeta o teme aquí a la Justicia?